Rescato este texto por el interés que me supone conocer vuestras opiniones al respecto
Fragmento de entrevista realizada al famoso escritor Oscar Mortara en un canal de la televisión pública española. Curiosamente,la periodista era inteligente y se salió del guión establecido:
Entrevistadora: Usted escribe novelas, cuentos, ensayos, guiones, artículos de prensa…¿de dónde saca el tiempo para poder abarcar tanto?
Escritor: bueno, resulta sencillo cuando uno no tiene quien le espere al llegar a casa.
Entrevistadora: Lo que resulta extraño es que eso le ocurra a usted; con esos ojos, esa sonrisa y el encanto que emana de su persona…
Escritor: es muy amable por su parte, pero le aseguro que las parejas que tuve, no compartirían su opinión.
Entrevistadora: Tal vez no eran las personas adecuadas para usted
Escritor: o yo para ellas
Entrevistadora: ¿Es usted un hombre enamoradizo?
Escritor: No, solamente me enamoré en una ocasión
Entrevistadora: ¿Y qué ocurrió?
Escritor: Lo hice de quien no debía, pero bueno, ya se sabe, el amor no elige con quien
Entrevistadora: ¿ella no le correspondió?
Escritor: Peor todavía; no me correspondió pero, durante el tiempo que estuvimos juntos, me hizo creer lo contrario.
Entrevistadora: ¿le guarda rencor?
Escritor: No, en absoluto, yo no soy una persona rencorosa. Allá cada cual con su conciencia, y el que no la tenga, que se invente una.
viernes, 30 de marzo de 2007
Si eres bueno, no seas tonto.
Salía contento de la peluquería, pasando la mano gustosamente, por su cabeza afeitada. El sol, que caía a plomo como si le debieran dinero, le obligó a ponerse las gafas oscuras que llevaba dobladas en el bolsillo de la camisa y buscar la sombra. Caminaba despreocupado, canturreando algo de Bob Dylan y repasando mentalmente la lista de la compra que debía hacer. Todo iba bien, hasta que a unos quince metros por delante, en la misma acera, y en perfecta línea recta, se encontraba posicionada ,a modo de espera, Susana, la mujer más significativa que había pasado por sus treinta y tantos años de vida.
Se habían conocido en la facultad, donde ella era conocida por el sobrenombre de “la fichaje”, en reconocimiento a sus meritorios atributos físicos. Por razones que no tienen nada que ver con la casualidad, de su inspirado encuentro surgió una historia de amor que se prolongó, sin altibajos, durante toda su etapa universitaria. Posteriormente, ya licenciados, y amasando ilusionantes planes de vida encomún, la relación se rompió cuando ella se lió con el director de la empresa donde comenzó a trabajar. No se lo pensó mucho a la hora de traicionar, y luego sustituir, a Sergio por un hombre más maduro, casado y dueño de una férrea seguridad en sí mismo, derivada de la edad y el poder. Sergio, intoxicado por la idea del “amor romántico” que le inculcó la familia, el cine y la literatura, se sumió en una profunda depresión de la que sólo encontró salida poniendo rumbo al extranjero, entregándose de manera neurótica al trabajo y sellando su corazón a las emociones. Había transcurrido una década desde aquél lejano día en que ella le confesó que amaba a otro y en todo ese tiempo, no había vuelto a verla ni saber nada de ella. Ahora, cuando llevaba un año escaso de vuelta a Madrid , se la encontraba en la calle y sentía como un involuntario hormigueo se extendía por todo su cuerpo emanando desde el estómago. Le temblaban las manos, las piernas se le agarrotaban y el corazón le latía con tal fuerza, que parecía rebotar contra su caja torácica como una pelota en un frontón. No tenía escapatoria y la distancia entre ambos se iba reduciendo. Ella le había reconocido y le aguardaba con algo que parecía una sonrisa. Estaba radiante, la muy hija de puta (tres palabras que desde la traición nunca había dejado de dedicarle las muchas veces que pensaba en ella y las pocas en que la nombraba), vestida con un elegante traje sastre de color claro, una camisa negra y unos conjuntados zapatos y bolso de marca. Sus cabellos, recogidos en una coleta, mantenían el mismo color castaño de su juventud, y sus ojos verdes tenían una inteligente expresión de madurez, fruto de algunas pequeñas arrugas que los rodeaban.
- ¿Cómo estás? - le preguntó ella para, inmediatamente plantarle un par de besos en las mejillas.
- no tan bien como tú a lo que se ve
- tú siempre me has visto con buenos ojos- será eso - dijo, pensando que no le pegaba la falsa modestia y que si por él fuera, se hubiera muerto hace tiempo.
- ¿te has casado?
- no, por qué? ¿tengo cara de casado?
- la verdad es que sí, a pesar de ese horroroso corte de pelo que te has hecho. A ti siempre te quedó mejor el pelo un poco largo..... Yo me he casado - añadió sin que nadie se lo preguntara- y me separé. No tuvimos hijos y bueno.....¿tienes tiempo para un café? - preguntó para hacer frente a un incómodo silencio que acudía con ganas de imponerse.
- me encantaría - mintió - pero el perro se quedó sólo en casa y tengo que sacarlo a pasear – continúo mintiendo (no tenía perro)
- bueno y...¿otro día?. Yo ahora vivo por aquí cerca y ...
- Ah, sí, me parece perfecto - respondió con fingido interés que revelaba una faceta hipócrita desconocida hasta entonces
- ¿quieres que te de mi teléfono?
- No, mejor te doy yo el mío
- Vale, como tu quieras.
Se despidieron, con otro par de besos y con la promesa de verse muy pronto. Nada más separarse, él se volvió para observarla de espaldas. “¡qué hija de puta!,¡está cada día más buena! , se dijo a si mismo, evocando viejas sesiones de cama y preguntándose si hizo bien en darle un número de teléfono inventado.
Se habían conocido en la facultad, donde ella era conocida por el sobrenombre de “la fichaje”, en reconocimiento a sus meritorios atributos físicos. Por razones que no tienen nada que ver con la casualidad, de su inspirado encuentro surgió una historia de amor que se prolongó, sin altibajos, durante toda su etapa universitaria. Posteriormente, ya licenciados, y amasando ilusionantes planes de vida encomún, la relación se rompió cuando ella se lió con el director de la empresa donde comenzó a trabajar. No se lo pensó mucho a la hora de traicionar, y luego sustituir, a Sergio por un hombre más maduro, casado y dueño de una férrea seguridad en sí mismo, derivada de la edad y el poder. Sergio, intoxicado por la idea del “amor romántico” que le inculcó la familia, el cine y la literatura, se sumió en una profunda depresión de la que sólo encontró salida poniendo rumbo al extranjero, entregándose de manera neurótica al trabajo y sellando su corazón a las emociones. Había transcurrido una década desde aquél lejano día en que ella le confesó que amaba a otro y en todo ese tiempo, no había vuelto a verla ni saber nada de ella. Ahora, cuando llevaba un año escaso de vuelta a Madrid , se la encontraba en la calle y sentía como un involuntario hormigueo se extendía por todo su cuerpo emanando desde el estómago. Le temblaban las manos, las piernas se le agarrotaban y el corazón le latía con tal fuerza, que parecía rebotar contra su caja torácica como una pelota en un frontón. No tenía escapatoria y la distancia entre ambos se iba reduciendo. Ella le había reconocido y le aguardaba con algo que parecía una sonrisa. Estaba radiante, la muy hija de puta (tres palabras que desde la traición nunca había dejado de dedicarle las muchas veces que pensaba en ella y las pocas en que la nombraba), vestida con un elegante traje sastre de color claro, una camisa negra y unos conjuntados zapatos y bolso de marca. Sus cabellos, recogidos en una coleta, mantenían el mismo color castaño de su juventud, y sus ojos verdes tenían una inteligente expresión de madurez, fruto de algunas pequeñas arrugas que los rodeaban.
- ¿Cómo estás? - le preguntó ella para, inmediatamente plantarle un par de besos en las mejillas.
- no tan bien como tú a lo que se ve
- tú siempre me has visto con buenos ojos- será eso - dijo, pensando que no le pegaba la falsa modestia y que si por él fuera, se hubiera muerto hace tiempo.
- ¿te has casado?
- no, por qué? ¿tengo cara de casado?
- la verdad es que sí, a pesar de ese horroroso corte de pelo que te has hecho. A ti siempre te quedó mejor el pelo un poco largo..... Yo me he casado - añadió sin que nadie se lo preguntara- y me separé. No tuvimos hijos y bueno.....¿tienes tiempo para un café? - preguntó para hacer frente a un incómodo silencio que acudía con ganas de imponerse.
- me encantaría - mintió - pero el perro se quedó sólo en casa y tengo que sacarlo a pasear – continúo mintiendo (no tenía perro)
- bueno y...¿otro día?. Yo ahora vivo por aquí cerca y ...
- Ah, sí, me parece perfecto - respondió con fingido interés que revelaba una faceta hipócrita desconocida hasta entonces
- ¿quieres que te de mi teléfono?
- No, mejor te doy yo el mío
- Vale, como tu quieras.
Se despidieron, con otro par de besos y con la promesa de verse muy pronto. Nada más separarse, él se volvió para observarla de espaldas. “¡qué hija de puta!,¡está cada día más buena! , se dijo a si mismo, evocando viejas sesiones de cama y preguntándose si hizo bien en darle un número de teléfono inventado.
jueves, 29 de marzo de 2007
Progres, Guays y otros pelajes
Despunta el día y despierto. Por la ventana se cuela el sol a raudales y el murmullo de la radio, que quedó toda la noche encendida, mitiga el gorjeo de los pájaros. Por si fuera poco, los jardineros han comenzado temprano a recortar los setos y el molesto ruido me obliga a levantarme y cerrar la ventana.
Me meto en la ducha y mis principios de conservación de la naturaleza y no despilfarro de sus recursos hacen que cierre el grifo mientras me enjabono. Tras secarme, me miro en el espejo y decido no afeitar mi rala barba que se va tornando blanquinegra de un tiempo a esta parte. Vestido, bajo a la calle y declino la asiduidad de mi bar de costumbre por una escapada al Centro. Llego a destino, y me decanto por un Café de reciente apertura, pasando a ocupar una mesa rinconera. Mientras saboreo un café con leche y ojeo un periódico, llega una horda (o manada) de ruidosos estudiantes de una escuela de arte, o algo parecido, aledaña al establecimiento. Me da pereza levantarme y marcharme, así que cierro el periódico, con evidente fastidio, y me convierto en receptor de conversaciones sobre la vigencia de la figura del Che, la prepotencia del imperialismo yanqui, opiniones varias sobre la reciente polémica Ramoncín-Sabina, y demenciales disertaciones sobre el Código Da vinci y el poder del Opus Dei. Los que con más saña atacan mis tímpanos, son los de, curiosamente, una mesa que no está pegada a la mía, sino alejada unos 4-5 metros y ocupada por dos chicas cuyo aspecto solicita a gritos una ducha y un chaval con aire cansino e intolerante hacia los que no piensan como él. Dice no se qué de la revolución (no se a cuál se refiere), algo de una mani, y algo más sobre los anarquistas y las excelencias del cine de países exóticos. No puedo evitar sonreír ante semejante pelotudo anclado en tanto tópico, demagogia y maniqueísmo barato. Lleva al cuello una kefiah palestina, pero el largarto que asoma por su camiseta, sus zapatillas de marca y el ordenador portátil que apoyó sobre la mesa, denotan su aprecio por la vida burguesa que le brindaron sus padres. Vaticino, con poco riesgo de equivocación, que terminará como abogado, trabajando con papá, o responsable de márketing de alguna empresa de medio pelo.
Declina mi interés por mi alrededor cuando, de pronto, un pintoresco tipo con sandalias, camisa a rayas y macuto al hombro se acerca a la barra y pide un café cortado con leche de soja. La camarera lo mira con hilaridad y yo me pregunto dónde lo habrán fabricado. Al final, lógicamente, le sirven un cortado normal (con leche templada, no sea que se queme la lengua) y el tipo se queda con la taza en la mano buscando, desvalido, una mesa a la que se sentarse. "Yo ya me voy", le digo, haciéndole señas, tras considerar que mi cupo de tarados estaba más que cubierto por ese día.
Pago en la barra y salgo, escuchando el rumor de esta nueva juventud de progres comprometidos (consigo mismo, claro) que quieren salvar el mundo.
MORALEJA: Todos quieren salvar al mundo, pero nadie al prójimo.
Me meto en la ducha y mis principios de conservación de la naturaleza y no despilfarro de sus recursos hacen que cierre el grifo mientras me enjabono. Tras secarme, me miro en el espejo y decido no afeitar mi rala barba que se va tornando blanquinegra de un tiempo a esta parte. Vestido, bajo a la calle y declino la asiduidad de mi bar de costumbre por una escapada al Centro. Llego a destino, y me decanto por un Café de reciente apertura, pasando a ocupar una mesa rinconera. Mientras saboreo un café con leche y ojeo un periódico, llega una horda (o manada) de ruidosos estudiantes de una escuela de arte, o algo parecido, aledaña al establecimiento. Me da pereza levantarme y marcharme, así que cierro el periódico, con evidente fastidio, y me convierto en receptor de conversaciones sobre la vigencia de la figura del Che, la prepotencia del imperialismo yanqui, opiniones varias sobre la reciente polémica Ramoncín-Sabina, y demenciales disertaciones sobre el Código Da vinci y el poder del Opus Dei. Los que con más saña atacan mis tímpanos, son los de, curiosamente, una mesa que no está pegada a la mía, sino alejada unos 4-5 metros y ocupada por dos chicas cuyo aspecto solicita a gritos una ducha y un chaval con aire cansino e intolerante hacia los que no piensan como él. Dice no se qué de la revolución (no se a cuál se refiere), algo de una mani, y algo más sobre los anarquistas y las excelencias del cine de países exóticos. No puedo evitar sonreír ante semejante pelotudo anclado en tanto tópico, demagogia y maniqueísmo barato. Lleva al cuello una kefiah palestina, pero el largarto que asoma por su camiseta, sus zapatillas de marca y el ordenador portátil que apoyó sobre la mesa, denotan su aprecio por la vida burguesa que le brindaron sus padres. Vaticino, con poco riesgo de equivocación, que terminará como abogado, trabajando con papá, o responsable de márketing de alguna empresa de medio pelo.
Declina mi interés por mi alrededor cuando, de pronto, un pintoresco tipo con sandalias, camisa a rayas y macuto al hombro se acerca a la barra y pide un café cortado con leche de soja. La camarera lo mira con hilaridad y yo me pregunto dónde lo habrán fabricado. Al final, lógicamente, le sirven un cortado normal (con leche templada, no sea que se queme la lengua) y el tipo se queda con la taza en la mano buscando, desvalido, una mesa a la que se sentarse. "Yo ya me voy", le digo, haciéndole señas, tras considerar que mi cupo de tarados estaba más que cubierto por ese día.
Pago en la barra y salgo, escuchando el rumor de esta nueva juventud de progres comprometidos (consigo mismo, claro) que quieren salvar el mundo.
MORALEJA: Todos quieren salvar al mundo, pero nadie al prójimo.
miércoles, 28 de marzo de 2007
Time is money (el tiempo es un maní)
Su piel sin vigor, fofa, señalaba un interior de generosos sedimentos adiposos.
Su rostro de campesino, mofletudo y con cachetes colorados, traicionaba su megalomanía por una ascendencia aristócrata.
Sus palabras, vacuas, no encontraban interlocutor válido.
Su cartera, vacía, y sus ropas, de baja calidad, denotaban su enquistado fracaso en la consecución de los bienes de este mundo.
Su escasa espiritualidad y su frivolidad, expuestas como trofeos, le alejaban del otro.
No poseía nada, salvo lo que los demás envidiaban: tiempo.
MORALEJA: siempre deseamos lo que no tenemos.
Dedicado a Lebeche, a quién también le gusta Les Luthiers
Su rostro de campesino, mofletudo y con cachetes colorados, traicionaba su megalomanía por una ascendencia aristócrata.
Sus palabras, vacuas, no encontraban interlocutor válido.
Su cartera, vacía, y sus ropas, de baja calidad, denotaban su enquistado fracaso en la consecución de los bienes de este mundo.
Su escasa espiritualidad y su frivolidad, expuestas como trofeos, le alejaban del otro.
No poseía nada, salvo lo que los demás envidiaban: tiempo.
MORALEJA: siempre deseamos lo que no tenemos.
Dedicado a Lebeche, a quién también le gusta Les Luthiers
martes, 27 de marzo de 2007
PROGRAMA DOBLE: Caída y Actor
Era un hombre arrogante, jactancioso, vano, oportunista, y en constante degradación moral. Todo se le permitía, todo lo lograba, respaldado por una sólida fortuna obtenida de forma poco ortodoxa. Los medios de comunicación se hacían eco de sus éxitos con una jactancia tal que estos parecían méritos de toda la nación, acrecéntando el prestigio del país en el exterior. Las mujeres lo buscaban, los hombres maduros lo envidiaban, y los jóvenes imitaban su peinado y forraban las carpetas con sus fotos. No había quien no quisiera retratarse a su lado, ni faltar a las fiestas y eventos en que hacía acto de presencia.
"Estuvo bien mientras duró" se repite, a sí mismo, mirando a través de los barrotes de su celda
-------------------------------------------------------------------
- Soy actor - me dijo, con una sonrisa brotada de un injustificado orgullo y que se expandía por la totalidad de su anodino rostro.
Asentí con la cabeza y continúe con mi periódico, afanado en encontrar ofertas de trabajo más interesantes que las expuestas por Tecnocasa (encubierta fábrica de clones) y Mc Donald's.
- Soy actor - reiteró con idéntica expresión.
Cerré le periódico y lo observé detenidamente unos instantes. Llevaba sombrero, gafas de sol (a pesar de la escasa luz que había en el local), camisa tipo militar abierta hasta casi el ombligo y por la que asomaba un rosario, pantalones caídos repletos de bolsillos, y unas sandalias, que no disimulaban la roña de sus pies ni las cortantes uñas que parecían mejillones.
- ¿y qué otra cosa podrías ser? - le solté, con tono sereno y de sentencia más que de pregunta.
El taradito lo tomó como un elogio y, con su sonrisa de estúpido a cuestas, se acercó a la barra a pedir dos cañas.
"Estuvo bien mientras duró" se repite, a sí mismo, mirando a través de los barrotes de su celda
-------------------------------------------------------------------
- Soy actor - me dijo, con una sonrisa brotada de un injustificado orgullo y que se expandía por la totalidad de su anodino rostro.
Asentí con la cabeza y continúe con mi periódico, afanado en encontrar ofertas de trabajo más interesantes que las expuestas por Tecnocasa (encubierta fábrica de clones) y Mc Donald's.
- Soy actor - reiteró con idéntica expresión.
Cerré le periódico y lo observé detenidamente unos instantes. Llevaba sombrero, gafas de sol (a pesar de la escasa luz que había en el local), camisa tipo militar abierta hasta casi el ombligo y por la que asomaba un rosario, pantalones caídos repletos de bolsillos, y unas sandalias, que no disimulaban la roña de sus pies ni las cortantes uñas que parecían mejillones.
- ¿y qué otra cosa podrías ser? - le solté, con tono sereno y de sentencia más que de pregunta.
El taradito lo tomó como un elogio y, con su sonrisa de estúpido a cuestas, se acercó a la barra a pedir dos cañas.
domingo, 25 de marzo de 2007
Soberbia
De edad indefinible, repeinado, muy pulcro y con la gravedad encajada en su rostro de señorito andaluz, me miró de arriba abajo, con impertinencia y los ojos cargados de soberbia, antes de preguntarme:
- ¿y usted, por qué quiere casarse con mi hija, sr. SIl...?
- Silverstein, Mario Silverstein
- bien, Sil-vers-tein...
- porque la quiero - contesté con naturalidad.
- eso sólo no basta….ella tiene gustos caros y, según me contó, usted trabaja como periodista a tiempo parcial en un periodicucho de provincias…- me dijo con altanería.
- sí, además colaboro con algunas revistas y publicaciones para poder sacarme un sobresueldo y no tengo que pagar hipoteca…mis padres me traspasaron su piso antes de irse a vivir a un pueblo costero.
- entiendo…verá usted, jóven, no se puede vivir del amor, así que no sólo no espere que le de mi bendición para casarse con mi primogénita, sino que, además, voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que esta relación no prosiga. No es nada personal, pero…hay una diferencia de estatus que, hoy por hoy, resulta insalvable. Mi hija no está hecha para usted, así que le aconsejo que busque una mujer en su entorno social …..le va a evitar sufrimientos futuros.
- con todos mis respetos, me importa un bledo su bendición y no vengo a pedirle permiso para casarme con ella sino que, únicamente, le informo de lo que va a suceder.
- haga el favor de irse de mi casa, y no vuelva nunca más – sentenció con la cara enrojecida y la mirada brillante de repentino odio.
- será un placer.
- Ah, jóven – me llamó cuando casi salía por la puerta - se me olvidó decirle algo importante: en mi familia, tenemos por norma no casarnos con judíos- sentenció, con la cínica sonrisa de quien pensaba haberme ofendido.
- no se preocupe – dije con la misma sonrisa- esta vez haremos una excepción, porque en la mía tampoco nos casamos con moros.
- ¿y usted, por qué quiere casarse con mi hija, sr. SIl...?
- Silverstein, Mario Silverstein
- bien, Sil-vers-tein...
- porque la quiero - contesté con naturalidad.
- eso sólo no basta….ella tiene gustos caros y, según me contó, usted trabaja como periodista a tiempo parcial en un periodicucho de provincias…- me dijo con altanería.
- sí, además colaboro con algunas revistas y publicaciones para poder sacarme un sobresueldo y no tengo que pagar hipoteca…mis padres me traspasaron su piso antes de irse a vivir a un pueblo costero.
- entiendo…verá usted, jóven, no se puede vivir del amor, así que no sólo no espere que le de mi bendición para casarse con mi primogénita, sino que, además, voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que esta relación no prosiga. No es nada personal, pero…hay una diferencia de estatus que, hoy por hoy, resulta insalvable. Mi hija no está hecha para usted, así que le aconsejo que busque una mujer en su entorno social …..le va a evitar sufrimientos futuros.
- con todos mis respetos, me importa un bledo su bendición y no vengo a pedirle permiso para casarme con ella sino que, únicamente, le informo de lo que va a suceder.
- haga el favor de irse de mi casa, y no vuelva nunca más – sentenció con la cara enrojecida y la mirada brillante de repentino odio.
- será un placer.
- Ah, jóven – me llamó cuando casi salía por la puerta - se me olvidó decirle algo importante: en mi familia, tenemos por norma no casarnos con judíos- sentenció, con la cínica sonrisa de quien pensaba haberme ofendido.
- no se preocupe – dije con la misma sonrisa- esta vez haremos una excepción, porque en la mía tampoco nos casamos con moros.
sábado, 24 de marzo de 2007
Glamour
La noche se había prolongado en una endiablada y casi frenética sucesión de copas.
- ¿nos tomamos aquí la última? - preguntó mi amigo a la entrada de un local con aspecto de antro de perdición, o de perdiciones, porque los presagios no excluían la pluralidad.
- venga, y que sea lo que Dios quiera.
Entramos. Si la apariencia externa proclamaba un interior poco recomendable, traspasar la puerta llevaba asociado la acumulación de pensamientos nefastos, prendidos, eso sí, a una sensación, un tanto excitada, de ruptura con nuestra comedida misantropía. Mientras bebíamos nuestras copas (ron con Coca Cola), nos entreteníamos en analizar a qué subespecie animal pertenecían los seres que nos rodeaban, reconociendo, a regañadientes, que había algo casi humano en su aspecto. Por alguna razón, uno de estos seres, parecía mirarme, y continúo haciéndolo cuando yo, tras reparar en ella (a ésas alturas había determinado que era una mujer) le devolvía las miradas. Era tan diferente a las féminas que habían pasado por mi vida, que la observaba con la fascinación que produce lo desconocido y lo grotesco. Llevaba grabado, en todo su ser, el sello de la vulgaridad y la ordinariez; con unos horrorosos y ajustados pantalones rosa a punto de reventar, unas sandalias plateadas sacadas de los remanentes de alguna tienda de chinos, cabellos rubios mal teñidos, pechos globosos aprisionados en un minúsculo top a juego con el calzado y voluminosos labios remarcados de rojo putón. Como no podía faltar; fumaba un cigarrillo para dárselas de mujer fatal, y mascaba ostentosamente un chicle, reventando globos a intervalos de escasos segundos. Olvidados los "frikis" que nos rodeaban, mi amigo y yo nos entretuvimos recordando nuestra etapa en común en el instituto y bebiendo lo que a cada paso se evidenciaba como garrafón con refresco (tampoco descartábamos que la Coca Cola fuera tuviera similar orígen). Así, ensimismados en nuestra conversación, fuimos asaltados, a traición, por la rubia de bote.
- Me llamó Blondie - me dijo tras tocar mi hombro y yo darme la vuelta.
- Me parece muy bien - y añadí: nos tienes que disculpar, pero tenemos hepatitis y no queremos contagiarte, así que no te acerques mucho a nosotros. Apenas dichas estas palabras, y tras un tiempo prudencial en el que su lerdo cerebro procesó la información recibida, se retiró entre muecas de aprensión.No nos molestó más en lo sucesivo, aunque nos observaba con detenimiento desde el fondo de la barra (no se si temiendo que el virus saliera volando de nuestras cabezas en dirección a ella,o intentando discernir si le habíamos mentido), mientras se enlazaba en alguna trivial conversación con otro de los mutantes presentes.
Ya en la calle, mi amigo me preguntó, todo serio:
- ¿Sábes? yo creo que su nombre verdadero no era Blondie.
- No me digas - respondí, y sucumbiendo a los efectos del alcohol, fuimos camino a casa barajando posibles nombres : María Antonia, Obdulia, Gertrudis, Iluminada, Saturnina, Luz Divina, María Josefa...........
Dedicado a Eva (ella ya sabe) ; tan diferente....
- ¿nos tomamos aquí la última? - preguntó mi amigo a la entrada de un local con aspecto de antro de perdición, o de perdiciones, porque los presagios no excluían la pluralidad.
- venga, y que sea lo que Dios quiera.
Entramos. Si la apariencia externa proclamaba un interior poco recomendable, traspasar la puerta llevaba asociado la acumulación de pensamientos nefastos, prendidos, eso sí, a una sensación, un tanto excitada, de ruptura con nuestra comedida misantropía. Mientras bebíamos nuestras copas (ron con Coca Cola), nos entreteníamos en analizar a qué subespecie animal pertenecían los seres que nos rodeaban, reconociendo, a regañadientes, que había algo casi humano en su aspecto. Por alguna razón, uno de estos seres, parecía mirarme, y continúo haciéndolo cuando yo, tras reparar en ella (a ésas alturas había determinado que era una mujer) le devolvía las miradas. Era tan diferente a las féminas que habían pasado por mi vida, que la observaba con la fascinación que produce lo desconocido y lo grotesco. Llevaba grabado, en todo su ser, el sello de la vulgaridad y la ordinariez; con unos horrorosos y ajustados pantalones rosa a punto de reventar, unas sandalias plateadas sacadas de los remanentes de alguna tienda de chinos, cabellos rubios mal teñidos, pechos globosos aprisionados en un minúsculo top a juego con el calzado y voluminosos labios remarcados de rojo putón. Como no podía faltar; fumaba un cigarrillo para dárselas de mujer fatal, y mascaba ostentosamente un chicle, reventando globos a intervalos de escasos segundos. Olvidados los "frikis" que nos rodeaban, mi amigo y yo nos entretuvimos recordando nuestra etapa en común en el instituto y bebiendo lo que a cada paso se evidenciaba como garrafón con refresco (tampoco descartábamos que la Coca Cola fuera tuviera similar orígen). Así, ensimismados en nuestra conversación, fuimos asaltados, a traición, por la rubia de bote.
- Me llamó Blondie - me dijo tras tocar mi hombro y yo darme la vuelta.
- Me parece muy bien - y añadí: nos tienes que disculpar, pero tenemos hepatitis y no queremos contagiarte, así que no te acerques mucho a nosotros. Apenas dichas estas palabras, y tras un tiempo prudencial en el que su lerdo cerebro procesó la información recibida, se retiró entre muecas de aprensión.No nos molestó más en lo sucesivo, aunque nos observaba con detenimiento desde el fondo de la barra (no se si temiendo que el virus saliera volando de nuestras cabezas en dirección a ella,o intentando discernir si le habíamos mentido), mientras se enlazaba en alguna trivial conversación con otro de los mutantes presentes.
Ya en la calle, mi amigo me preguntó, todo serio:
- ¿Sábes? yo creo que su nombre verdadero no era Blondie.
- No me digas - respondí, y sucumbiendo a los efectos del alcohol, fuimos camino a casa barajando posibles nombres : María Antonia, Obdulia, Gertrudis, Iluminada, Saturnina, Luz Divina, María Josefa...........
Dedicado a Eva (ella ya sabe) ; tan diferente....
Suscribirse a:
Entradas (Atom)