viernes, 11 de abril de 2008

Tres textos sin relación entre sí

HARTO

Arrastraba los pies por la oscura casa con desgana, sintiendo una comedida ansiedad ante el lento e inexorable avance del tiempo. Había puesto un cd de Leonard Cohen, pero apenas escuchaba la música, transformada esta en un murmullo que asemejaba a la lejana y distante presencia de otros seres humanos en la casa. Nadie había entre sus paredes. Nadie en su vida. Abandonado por propios y extraños, ilusiones, esperanzas, expectativas e ignorado por el destino y su lacayo Azar, esperaba ese momento en que, envalentonado por algún subidon de adrenalina o un asomo de valor, pudiera tirarse por la ventana.


EXTERMINIO

Mi madre cosía las obligatorias estrellas amarillas en nuestras ropas. Todos callábamos y dominábamos lágrimas de rabia y vergüenza. Hoy, pasados tantos años, sigo recordando lo que dijo mi padre: "No os preocupéis hijos, de esto no se muere".Pobre padre ! ¿de qué has muerto, entonces?


ALGO QUEDA

Atraído por desaparecidos personajes anónimos revestidos de tintes literarios, investigaba sus vidas para luego encerrarlos en carpetas y llevarles, de tanto en tanto, flores a la tumba y una apurada oración. No lo hacía por ellos, sino por él, en lo que de alguna manera se convirtía en una especie de rito religioso. Creía, sin aceptarlo plenamente pero intuyéndolo, que los muertos le darían la ayuda que los vivos le negaban.

miércoles, 9 de abril de 2008

Rumbo Oeste

Rodolfo Barnato pensó que cambiando de ciudad, su vida pintaría de otro color. La lejanía de su familia (en España), el acumulativo tedio que arrastraba desde antiguo y un reciente desencuentro amoroso le empujaron a tomar una decisión que muchos desean pero pocos se atreven a llevar a cabo. Decidido y sin darle opción a la duda y la incertidumbre, compró un gran mapa de Argentina y se sentó, en un Café, a observarlo detenidamente. Como al repetir en voz alta el nombre de numerosas localidades no se decantaba por ninguna, optó por dejar la elección en manos del azar. Cerró los ojos y apoyó el dedo índice, a boleo, sobre el papel. Al abrirlos, comprobó que su uña señalaba una ciudad que no conocía pero siempre había interesado: Rosario, de la que su padre tanto hablaba, sacando a relucir, invariablemente, al célebre matemático italiano Beppo Levi.

A partir de entonces, cayó presa de las ilusiones, la ansiedad y un optimismo, que le llevaron a vender su restaurante en pleno centro de Buenos Aires y telefonear a su amigo Oriol Ballantines proponiéndole crear una sociedad. Éste, era hijo de un judío catalán a quien el propio padre de Rodolfo había vendido, allá por los años sesenta un hotel de nombre Vaccara. Desde la adolescencia vivía en Barcelona, donde llevaba mucho tiempo regentando un establecimiento gastronómico que apuntalaba su prestigio en su afamado talento a los fogones. Rodolfo y Oriol se habían tratado desde pequeños y retomado su trato durante los años que el primero pasó en España completando unos cursos gastronómicos. Entre ellos, se daban el trato de “primo” y siempre se maravillaban de cómo a pesar de pasar tiempo sin tener noticias el uno del otro, estaban unidos por cierta conexión, afinidad o equivalencia
Oriol apenas se detuvo a pensarlo. Dejó su local en manos de su hermano y voló presto al otro lado del charco, deseoso de iniciar una aventura de incierto futuro. A fin de cuentas, lo único que podía perder era dinero y eso era algo que le sobraba.

Pocos meses después, inaguraron un restaurante al que, haciéndole un guiño a la melancolía, bautizaron como Vaccara. Elegante pero sin excesos, pretendía ser una reivindicación de la cocina elaborada a precios asumibles y no caer en el snobismo, a la sazón enfermizo empecinamiento de locales similares.

Apenas llevaban un par de semanas funcionando cuando, una noche, se presentó una mujer que llamó poderosamente la atención de Roldofo, tanto que, instantáneamente, se arriesgó a predecirle una futura trascendencia en su vida. Alta, de piel trigueña, ojos oscuros que parecían más claros al mirarlos de cerca y una melena color ébano de tendencia ondulante mitigada a base de cremas suavizantes, componían un todo que a pesar de ciertas desarmonías (boca y nariz grandes, mentón prominente, caderas anchas….) seducía mejor que la simple belleza. Sonrió al verla y ella le devolvió una sonrisa franca de dientes blanquísimos.

- ¿La conóces? – preguntó curioso Oriol
- No, pero es como si la conociera de siempre…….ella aún no lo sabe, o sí, pero va a ser mi mujer
- Te dije que no mezclaras los antibióticos con el alcohol….
- Ya lo verás.

Y lo vió. El restaurador Rodolfo Barnato y la escritora Alma Baredes, contrajeron matrimonio civil en la Municipalidad de Rosario aquel mismo año, acompañados de algunos familiares y un sorprendido Oriol Ballantines.

martes, 8 de abril de 2008

Redención

Hacía muchos años que alguien le había dicho que un escritor es un hombre de mucho trabajo y alguna inspiración. Si era cierto, entonces tendría que dar un giro completo porque cada día dedicaba menos tiempo a escribir y cuando lo hacía no quedaba nada satisfecho con el resultado. Sobrevivía gracias a un periódico y las cada vez más ocasionales colaboraciones con distintas revistas. Sus novelas apenas se vendían y hacía ya más de seis años que se había publicado la última, con notorio éxito de crítica pero escaso de ventas. El otrora renombrado escritor había caído en una honda laxitud y el apacible bienestar de la ilusoria gloria conseguida, sin importarle el saber que ésta era tan efímera que ya apenas le recordaban. Sentía como cada día que pasaba era más impermeable a las emociones y como el paso del tiempo vulgar le provocaba un tibio desencanto y anhelo de cambio insuficiente para sacarlo de su semipostración.

Su innata lucidez le indicaba qué era lo que precisaba para volver a escribir cuánto quisiera y cómo deseaba. Carecía de pasiones y mientras no encontrara o recobrara alguna, seguiría sin fuerzas para liberarse del sentimiento, hondamente arraigado, de desgana existencial y asaltar con éxito el transcurrir del tiempo vulgar.

Tenía que reivindicar lo gerundial y olvidar lo pretérito, ése que le indicaba lo que pudo ser y confirmó que rara vez confluyen el curso de los hechos con la esperanza. Tenía que romper con su actitud servil ante la abulia. Tenía que sorprender a los idólatras del sentido común que no confiaban en su resurrección y lo habían enterrado hacía mucho. Tenía que resarcirse de los funestos efectos de la pereza. Tenía que imponerse a un solapado e inconsciente miedo al fracaso. Tenía una existencia que se estaba diluyendo en la nada. Tenía tantas cosas por delante que decidió no perder más tiempo. Parado ante el espejo se rapó la cabeza, luego se duchó y vestido con camisa blanca y vaqueros, cargó con su ordenador portátil y salió a la calle. Entró en el primer Café que hacía esquina (una de sus supersticiones) y comenzó a escribir de manera febril, derribando dudas e incertidumbres a golpe de teclado, dejándose llevar por la punzante euforia de quien sabe que la vida es demasiado preciosa para desaprovecharla y confiando en recobrar una pasión perdida.

Dedicado al escritor Oscar Mortara, que volvió a escribir y publicar, a pesar de que muchos lo pensaban peor que muerto.

jueves, 3 de abril de 2008

Litros de alcohol

Mauricio Leventhal era lo que se dice un hombre torturado. Desde su juventud, soportaba de mala manera el sentirse estafado por la vida y, con el paso de los años, éste sentimiento se acentuó, llenándolo de amargura y resentimiento. Se creía más inteligente que nadie y soñaba con expectativas incumplidas. Las mujeres duraban poco a su lado conscientes de su impotencia por hacerle cambiar de vida. Ni el amor, el proselitismo religioso ni el de diván (psicoanálisis), utilizados por unas y otras, consiguieron otra cosa que aferrarlo con mayor lealtad a la botella. El alcohol era su terapia y el combustible que le empujaba en una suicida huida hacia delante. Se embriagaba para poder escribir, con la vaga esperanza de triunfar en la Literatura y dejar de ser el pobre tipo que siempre había sido. Se embriagaba para seducir mujeres y, sobre todo, para conjurar la angustia de existir. Así, día tras día, transitaba su tiempo, amarilleándose el hígado y matando el demonio que todos llevamos dentro.

martes, 1 de abril de 2008

El otro

Desde siempre tuvo la aspiración de ser otro pero le faltaba valor para dar el paso. Ahora, cansado de sinsabores por ausencias, desengaños y divergencias entre sueño y realidad, además de poco confiado en los estímulos de lo imprevisible, se decidió a caminar hacia un yo soñado que representara aquello que no se había atrevido a ser. Salir en busca de ése otro, era una tarea que dependía de él y que le conferiría la posibilidad de escribir su destino por sí mismo, aunque éste fuera con distinto nombre.
Así, inquieto por poner en marcha su plan, se acostó a descansar, con la supersticiosa creencia que el sueño arraigaría el deseo a su subconsciente. Cuando despertó, temprano, lo hizo animado ante su nueva perspectiva vital y corrió a la calle a comprar el periódico. Con ansia incontenida, lo desplegó sobre su cama y repasó con atención la sección donde publicaban las Necrológicas. Intercambió nombres y apellidos hasta que dió con una combinación que le satisfizo: Daniel Barzilai . “No es mal nombre” repitió, antes de salir por la puerta.

viernes, 28 de marzo de 2008

Cuando menos lo esperas pero, más necesitas

Por aquél entonces, dejaba pasar el tiempo, los días, sin preocuparme por existir. Me sentía ligero, impermeable a aquello en que no quería pensar (prefería olvidar tristezas y no ofender a la vida), flotando en enormes nubes oníricas alimentadas por el alcohol y la marihuana. Era un hombre libre, desposeído, que lo había ido perdiendo todo a lo largo de mis poco más de cuarenta años de existencia. Divorciado, con un hermano viviendo a miles de kilómetros y sin más parientes, mi única responsabilidad pasaba por escribir para el periódico que me publicaba y permitía subsistir. No tenía otras necesidades que las fisiológicas y mis ambiciones reposaban en cadáveres de novelas apilados en algún oscuro cajón de mi escritorio. Me acometía una terrible fatiga las cada vez más espaciadas ocasiones en que me propuse retomarlas y mis juveniles recuerdos de trascendencia eran algo tan lejano como el último “te quiero”. Vivía con los sentidos aturdidos y asistía a mi cotidianidad como un espectador silencioso.

En esa tesitura metafísica, de plenitud de la nada, me hallaba cuando un sobre, llegado a la redacción, cambió mi vida. Tamaño folio, marrón claro y con redondeada letra femenina, color negro, garabateando la dirección del periódico y mi nombre. En el Remite unas iniciales para mí desconocidas: S.A.L. Al abrirlo, cuatro finas hojas de papel conformaban una carta, rematada con las tres letras mayúsculas a modo de firma y una dirección de correo electrónico. No voy a revelar su contenido pero sí en qué derivó este suceso, aparentemente tan habitual e inócuo, como que alguien que trabaja en un periódico reciba correspondencia de lectores. Me casé con ella, con Silvia, escribí una novela por año (4) y tuvimos un hijo cada dos.

Con esto, pretendo alentar a aquellos cuya vida siempre se ha quedado corta con respecto a su imagen ideal, porque las desventajas cambian merced al destino y porque, como escribió alguien que no fui yo: “La vida es tantas cosas y la mitad nadie las sabe”

martes, 25 de marzo de 2008

Ya llega

Despedido de su trabajo, tras la compra de la empresa por un grupo industrial alemán, sobrevivía cobrando la prestación por desempleo, devorando libros y comiendo comida enlatada. Apenas se duchaba un día de cada cuatro, no se peinaba y las camisas tenían cercos de suciedad en el cuello. Sólo se adecentaba cuando acudía a su librería habitual en busca de libros, una de las escasas salidas que se permitía aparte de las necesarias para el avituallamiento de su despensa y sus diarios desayunos en la cafetería de la esquina. Las noches, las pasaba leyendo en la cama, con constancia febril, como si gracias a ésas páginas pudiera adquirir un conocimiento, que más que ver con la cultura, estuviera relacionado con tener una experiencia más intensa de la vida. Tenía que estar preparado para cuando llegara su momento, ése punto de inflexión al que tenía la certeza se abocaba su existencia, y demostrar a todo el mundo de qué pasta estaba hecho. Atrás quedarían los “Fíjate en tu hermano, ése te enseña”, “eres un inútil, no tienes ambición ninguna” “otros a tu edad ya tienen su vida hecha” con los que su madre le hería (lástima que ella ya no esté para verlo), las frustraciones, las contenciones y las humillaciones soportadas estoicamente. Nada sucede por casualidad y ése despido tenía que ser una señal de lo que le depararía el futuro, ése algo que llevaba esperando desde siempre y que temía pronunciar con supersticioso temor…………. Otra vida.