Rodolfo Barnato pensó que cambiando de ciudad, su vida pintaría de otro color. La lejanía de su familia (en España), el acumulativo tedio que arrastraba desde antiguo y un reciente desencuentro amoroso le empujaron a tomar una decisión que muchos desean pero pocos se atreven a llevar a cabo. Decidido y sin darle opción a la duda y la incertidumbre, compró un gran mapa de Argentina y se sentó, en un Café, a observarlo detenidamente. Como al repetir en voz alta el nombre de numerosas localidades no se decantaba por ninguna, optó por dejar la elección en manos del azar. Cerró los ojos y apoyó el dedo índice, a boleo, sobre el papel. Al abrirlos, comprobó que su uña señalaba una ciudad que no conocía pero siempre había interesado: Rosario, de la que su padre tanto hablaba, sacando a relucir, invariablemente, al célebre matemático italiano Beppo Levi.
A partir de entonces, cayó presa de las ilusiones, la ansiedad y un optimismo, que le llevaron a vender su restaurante en pleno centro de Buenos Aires y telefonear a su amigo Oriol Ballantines proponiéndole crear una sociedad. Éste, era hijo de un judío catalán a quien el propio padre de Rodolfo había vendido, allá por los años sesenta un hotel de nombre Vaccara. Desde la adolescencia vivía en Barcelona, donde llevaba mucho tiempo regentando un establecimiento gastronómico que apuntalaba su prestigio en su afamado talento a los fogones. Rodolfo y Oriol se habían tratado desde pequeños y retomado su trato durante los años que el primero pasó en España completando unos cursos gastronómicos. Entre ellos, se daban el trato de “primo” y siempre se maravillaban de cómo a pesar de pasar tiempo sin tener noticias el uno del otro, estaban unidos por cierta conexión, afinidad o equivalencia
Oriol apenas se detuvo a pensarlo. Dejó su local en manos de su hermano y voló presto al otro lado del charco, deseoso de iniciar una aventura de incierto futuro. A fin de cuentas, lo único que podía perder era dinero y eso era algo que le sobraba.
Pocos meses después, inaguraron un restaurante al que, haciéndole un guiño a la melancolía, bautizaron como Vaccara. Elegante pero sin excesos, pretendía ser una reivindicación de la cocina elaborada a precios asumibles y no caer en el snobismo, a la sazón enfermizo empecinamiento de locales similares.
Apenas llevaban un par de semanas funcionando cuando, una noche, se presentó una mujer que llamó poderosamente la atención de Roldofo, tanto que, instantáneamente, se arriesgó a predecirle una futura trascendencia en su vida. Alta, de piel trigueña, ojos oscuros que parecían más claros al mirarlos de cerca y una melena color ébano de tendencia ondulante mitigada a base de cremas suavizantes, componían un todo que a pesar de ciertas desarmonías (boca y nariz grandes, mentón prominente, caderas anchas….) seducía mejor que la simple belleza. Sonrió al verla y ella le devolvió una sonrisa franca de dientes blanquísimos.
- ¿La conóces? – preguntó curioso Oriol
- No, pero es como si la conociera de siempre…….ella aún no lo sabe, o sí, pero va a ser mi mujer
- Te dije que no mezclaras los antibióticos con el alcohol….
- Ya lo verás.
Y lo vió. El restaurador Rodolfo Barnato y la escritora Alma Baredes, contrajeron matrimonio civil en la Municipalidad de Rosario aquel mismo año, acompañados de algunos familiares y un sorprendido Oriol Ballantines.