viernes, 27 de abril de 2007
Dinero
Desde el maltrecho sillón, que amenazaba volverse cóncavo por la constante presión de mi cuerpo recostado, hacía zappinng, sin ningún entusiasmo y verificando cómo todos los canales tenían su propia reserva de criaturas abominables. Cuando ya no albergaba ninguna esperanza de sorpresa, en una de las cadenas (no importa cuál), un conocido actor extranjero (no importa quién), hacía frente a un sugerente cuestionario de preguntas. Cuando le preguntaron: "¿usted hasta dónde llegaría por dinero?", respondió, demostrando que era un tipo inteligente: "por dinero no se llega muy lejos". Apagué el televisor y cerré los ojos, esperanzado de soñar con una probable lejanía.
miércoles, 25 de abril de 2007
Demasiado tarde
Fortunato Archevolti se hizo escritor por incapacidad para convertirse en cualquier otra cosa. La pasión desmedida con que se entregaba a su recientemente materializada profesión, se traducía en una actividad delirante. Tal vez el combustible de ese poderoso sentimiento fuera el hastío pasado por la lentitud del tiempo, de un tiempo en el que no pasaba nada, y la necesidad de aplacar una hiriente desesperación sin lágrimas. Cuando escribía se sentía vivo y se liberaba del regreso constante al pasado, a días que ya fueron y que no le hacía bien recordar. A pesar del éxito cosechado por sus libros, de la fama, el dinero y la admiración de seres anónimos, una parte de él permanecía siempre en alerta, desconfiada y a la expectativa de las señales del azar. Los miedos y vicisitudes padecidas le habían tornado supersticioso. Temía que, por alguna ley compensatoria, la vida le golpeara nuevamente. Así, con la guardia siempre en alto, escribía hasta caer rendido, en una trepidante carrera que lo llevase lo más lejos de su pasado, en pos de ese destino que se le antojaba tardío.
martes, 24 de abril de 2007
Dos
La atmósfera aséptica y pulcra parecía más propia de un laboratorio que del salón de un apartamento. Sólo faltaban el olor a desinfectante y que tuviéramos que ponernos una mascarilla, aunque, a decir verdad, no dudaba del uso del primero y se me antojaba innecesario el uso de lo segundo. Resultaba imposible imaginar la presencia de ácaros, microbios o cualquier otra forma de vida que no fuéramos nosotros. De pie el uno frente al otro, nos medíamos, en denso silencio, con la mirada, hasta que ella, a lo que se ve más impaciente o más lanzada, introdujo el verbo en la coyuntura:
- ¿te gusto? - preguntó directa
- ¿te lo digo de verdad? – contesté con un asomo de indiferencia y de seguridad en mí mismo.
- no, de mentira – dijo irónicamente y añadió: claro que de verdad
- pues la verdad es que no, pero me das morbo y te deseo
Se me acercó, con una plena sonrisa de satisfacción en la boca y moviéndose con artificiosa elegancia de pantera. Me tomó de la mano y me susurró algo, que no entendí, al oído. Pasivo ante su iniciativa y presa de una creciente excitación, me dejé conducir hasta su cuarto. La puerta se cerró a nuestra espalda, y con ella esta historia, porque lo que ocurrió entre esas cuatro paredes sólo nos incumbe a ella y a mí; un hombre y una mujer.
- ¿te gusto? - preguntó directa
- ¿te lo digo de verdad? – contesté con un asomo de indiferencia y de seguridad en mí mismo.
- no, de mentira – dijo irónicamente y añadió: claro que de verdad
- pues la verdad es que no, pero me das morbo y te deseo
Se me acercó, con una plena sonrisa de satisfacción en la boca y moviéndose con artificiosa elegancia de pantera. Me tomó de la mano y me susurró algo, que no entendí, al oído. Pasivo ante su iniciativa y presa de una creciente excitación, me dejé conducir hasta su cuarto. La puerta se cerró a nuestra espalda, y con ella esta historia, porque lo que ocurrió entre esas cuatro paredes sólo nos incumbe a ella y a mí; un hombre y una mujer.
viernes, 20 de abril de 2007
Me mata (pongamos que hablo de Madrid)
La ciudad era hermosa, con una belleza imperecedera que se imponía a la escandalosa profusión de obras que la agujereaban sin piedad (en busca de un imaginario tesoro) y la mostraba, llamativa a la distancia, en un sinnúmero de grúas semejantes a minaretes sarracenos. Sin embargo, había algo, en su esencia, que la hacía incompatible con lo mágico, lo inesperado y lo sorprendente. Tal vez por eso es espíritu de Pessoa no deambula nocturnamente por sus calles, ni Borges escribió en ella sus cuentos, ni el rey Rodolfo II se asentó en un viejo palacio con su esotérica corte. Tal vez por eso, yo, necesitaba irme a otra parte.
La erótica del poder
Sentado a la descomunal mesa de ébano de su despacho, disfrutaba de las vistas que ofrecía la privilegiada ubicación de su oficina, mientras una rubia, arrodillada, se afanaba en hacerle una "limpieza de sable". La humedad bucal y la inquieta lengua de la prostituta le provocaban una sensación tan placentera que se aplicaba en retrasar el orgasmo todo lo que podía. Intentaba concentrarse en mirar la ciudad a través del gran ventanal (una planta 22) y no en el vaivén de la cabeza de cabellos rubios que iba y venía en movimientos cada vez más rápidos. Cuando estos se volvieron casi frenéticos, supo que no podía contenerse más; aprisonó la cabeza de ella entre sus muslos y, con un intenso y placentero espasmo, eyaculó en su boca. La descarga duró unos pocos segundos, tras los cuales la mujer salió corriendo y se metió en el baño. Minutos después, con los billetes en la mano, se despidió del magnate, con un beso en el cuello y la confirmación de una próxima cita.
PD: Dedicado a Boris Becker, que me dió la idea.
PD: Dedicado a Boris Becker, que me dió la idea.
jueves, 19 de abril de 2007
Si no lo cuentas, es como si no hubiera ocurrido
Apoyado sobre el marco de la puerta de su habitación, contemplaba, embelesado, el bronceado cuerpo de redondeadas geometrías, que yacía boca abajo sobre la cama. La persiana, medio levantada o medio bajada, permitía que se filtrara la luz emanada de una luna casi llena, resaltando el contraste de la morena piel tapada, por partes, con las blancas sábanas. Finalizado el coito y satisfecha la urgencia carnal del momento fue ella, curiosamente y rompiendo tópicos, la que se fumó un cigarrillo y se quedó dormida. El, incapaz de dormir por la emoción de haberse acostado con la modelo más famosa del país, daba vueltas por la casa y se plantaba frente al espejo del cuarto de baño, mirándose sonriente y haciendo posturitas, en un burdo ejercicio de reafirmación de su masculinidad y autoestima. Dada la hora, no podía telefonear a nadie para contarlo, así que no le quedaba otra que aguardar, con impaciencia, la llegada de la mañana y un nuevo acoplamiento.
miércoles, 18 de abril de 2007
Proposición Indecente
Ahora tú, ahora yo, ahora tú, ahora yo. Así estuvimos, un rato, mirándonos con intermitencia y comprobando, de soslayo, como nuestras señales llegaban a buen puerto. Morena, de unos treinta y tantos, vestía una elegante falda, que insinuaba la musculada redondez de unas nalgas que recordaba la contundencia del traje de Batman, y una camisa de seda donde un audaz escote realzaba la protuberancia de unos pechos no muy grandes pero sí bien puestos. Ni que decir tiene, que su figura había despertado el interés de más de un hombre de otras mesas. Resultaba difícil no mirarla y allanar nuestro cerebro para ocuparlo con una amplia vaga de imágenes sexuales. Con el paso de los minutos, nuestros ojos se encontraron más de una vez y si al principio los apartamos, luego los manteníamos fijos, como en un reto, alentados por tímidas sonrisas de reciprocidad. Una sonrisa podría resultar gratuita pero tres, representaban una intencionalidad y una invitación. Envalentonado por un subidón de autoestima, agarré mi copa de cerveza y me aproximé a su mesa, seguido por la envidiosa mirada de dos maduritos calvos y un imberbe con pinta de progre. Al llegar, me quedé plantado ante ella, que hacía la parodia de leer el periódico. Dejó pasar unos escasos segundos y levantó los ojos fingiendo un gesto de asombro.
- disculpa, no quería interrumpir tu lectura....¿puedo sentarme...? - pregunté
- claro – dijo , y cerró el periódico
Nos enfrascamos en una conversación convencional, ella bebiendo su té a diminutos sorbos (me llamó la atención que agarrara la taza con las dos manos) y yo apurando mi cerveza y explotando mi siempre certera vena sarcástica acompañada de una comedida arrogancia.
Las cosas marchaban tan bien, que en mi fuero interno, no podía evitar sentirme agradecido ante tal devaneo de la fortuna que parecía etiquetarse como amor a primera vista. A la par que charlábamos, me imaginaba tonificantes alegrías corpóreas y rienda suelta para mi gula sexual, escasamente satisfecha de un tiempo a ésa parte.
Así transcurrió aproximadamente media hora hasta que por detrás mío, apareció un tipo que ocupó una silla al lado de ella y la saludó con un beso en los labios. “Es Raúl, mi marido” se apresuró a aclararme mientras el me tendía una mano fría y blanda que estreché con vigor de frustración. Era un tipo alto, delgado como palo de escoba y de rasgos delicados y poco marcados. Me pareció poca cosa para ella pero, al observarlo con más detenimiento me di cuenta que desprendía cierto aura burguesa, acrecentada por la mundanidad con que balanceaba un vaso de whisky entre las manos.
A esa altura de partido, yo no había enmudecido pero, ante tamaño desconcierto, las palabras salían de mi boca con menor afluencia, a la vez que aumentaba mi desconfianza ante una situación desconocida y que no controlaba. Ellos llevaban, con ensayada complicidad, todo el peso de la misma, de una manera que me parecía curiosa y confundía , como si estuviera soñando en vez de viviéndolo. En tanto ella hablaba con creciente desinhibición, interesándose por cuestiones muy privadas, él mantenía un cierto distanciamiento, como si no quisiera hacer leña de mi entusiasmo caído.
- vivimos cerca.... si quieres, puedes venir a casa y tomarte algo con nosotros.....allá vamos a estar más cómodos...- dijo ella por fin
- claro - reafirmó él....
- no sé.... es que había quedado con unos amigos para cenar.....- improvisé yo para no aparentar ser que asustaba la propuesta.
- somos gente normal...no vayas a pensar que somos raros o.....
- claro – repitió él
- no, no, ya, ya imagino... – dijo yo, pensando en lo normal que es el hecho de que un matrimonio vaya por los Cafés del centro buscando compañeros de cama.
- Esto lo hace más gente de la que tu crées....es muy habitual hoy en día....
Además, por mi marido no te preocupes, que a él lo que le gusta es mirar.....
- ya, pero....
Ante mis reticencias, optaron por no continuar insistiendo y me dejaron su tarjeta antes de marcharse del local.
- bueno....si te animas.....ya sábes....vamos a estar toda la noche en casa...
- me lo pensaré... - concluí ( ¡ yo, que me las daba de excéntrico y aventurero ¡).
No bien salieron por la puerta abrazados , como si quisieran demostrar lo mucho que se querían, hice señas al camarero para que me trajera otra cerveza. La bebí con placer, despacio, mientras giraba la tarjeta en mi mano derecha y no cesaba de pensar en cómo, a la vida, de vez en cuando, le da por imitar al cine.
- disculpa, no quería interrumpir tu lectura....¿puedo sentarme...? - pregunté
- claro – dijo , y cerró el periódico
Nos enfrascamos en una conversación convencional, ella bebiendo su té a diminutos sorbos (me llamó la atención que agarrara la taza con las dos manos) y yo apurando mi cerveza y explotando mi siempre certera vena sarcástica acompañada de una comedida arrogancia.
Las cosas marchaban tan bien, que en mi fuero interno, no podía evitar sentirme agradecido ante tal devaneo de la fortuna que parecía etiquetarse como amor a primera vista. A la par que charlábamos, me imaginaba tonificantes alegrías corpóreas y rienda suelta para mi gula sexual, escasamente satisfecha de un tiempo a ésa parte.
Así transcurrió aproximadamente media hora hasta que por detrás mío, apareció un tipo que ocupó una silla al lado de ella y la saludó con un beso en los labios. “Es Raúl, mi marido” se apresuró a aclararme mientras el me tendía una mano fría y blanda que estreché con vigor de frustración. Era un tipo alto, delgado como palo de escoba y de rasgos delicados y poco marcados. Me pareció poca cosa para ella pero, al observarlo con más detenimiento me di cuenta que desprendía cierto aura burguesa, acrecentada por la mundanidad con que balanceaba un vaso de whisky entre las manos.
A esa altura de partido, yo no había enmudecido pero, ante tamaño desconcierto, las palabras salían de mi boca con menor afluencia, a la vez que aumentaba mi desconfianza ante una situación desconocida y que no controlaba. Ellos llevaban, con ensayada complicidad, todo el peso de la misma, de una manera que me parecía curiosa y confundía , como si estuviera soñando en vez de viviéndolo. En tanto ella hablaba con creciente desinhibición, interesándose por cuestiones muy privadas, él mantenía un cierto distanciamiento, como si no quisiera hacer leña de mi entusiasmo caído.
- vivimos cerca.... si quieres, puedes venir a casa y tomarte algo con nosotros.....allá vamos a estar más cómodos...- dijo ella por fin
- claro - reafirmó él....
- no sé.... es que había quedado con unos amigos para cenar.....- improvisé yo para no aparentar ser que asustaba la propuesta.
- somos gente normal...no vayas a pensar que somos raros o.....
- claro – repitió él
- no, no, ya, ya imagino... – dijo yo, pensando en lo normal que es el hecho de que un matrimonio vaya por los Cafés del centro buscando compañeros de cama.
- Esto lo hace más gente de la que tu crées....es muy habitual hoy en día....
Además, por mi marido no te preocupes, que a él lo que le gusta es mirar.....
- ya, pero....
Ante mis reticencias, optaron por no continuar insistiendo y me dejaron su tarjeta antes de marcharse del local.
- bueno....si te animas.....ya sábes....vamos a estar toda la noche en casa...
- me lo pensaré... - concluí ( ¡ yo, que me las daba de excéntrico y aventurero ¡).
No bien salieron por la puerta abrazados , como si quisieran demostrar lo mucho que se querían, hice señas al camarero para que me trajera otra cerveza. La bebí con placer, despacio, mientras giraba la tarjeta en mi mano derecha y no cesaba de pensar en cómo, a la vida, de vez en cuando, le da por imitar al cine.
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