
Mi domicilio apenas dista tres cuadras del Savoy, así que Norma y yo nos dirigimos andando, intercambiando por el camino inócuos comentarios sobre el tiempo, el tráfico, o el estilo arquitectónico predominante en los edificios del barrio. Confiada, animada y casi contenta, me miraba a los ojos cada vez que abría la boca, de un modo tan sugerente y sensual que no lograba disimular su creciente ansiedad por acostarse conmigo. Por el contrario, mi expresión mostraba una seriedad mal interpretada por ella; pensaba que la importancia del acto proyectado me movía a la reflexión, abrumado por unos acontecimientos inesperados pero muy deseados.
- Es aquí – anuncié ante el portal
Montamos en el ascensor y subimos callados. El trayecto fue breve pero cargado de una tensión erótica potenciada por el silencio y sus expectativas, manifestadas en una quietud interior disfrazada de falsa calma. Por fin, en lo que pareció una eternidad y no fueron más que unos pocos segundos, llegamos a la quinta planta. Sin mayor dilación que seleccionar la llave adecuada, abrí la puerta de mi departamento y me eché a un lado, permitiéndo que Norma entrara primero (un gesto acorde con su condición de invitada).
- querida, ya estoy en casa – grité avisando de mi llegada en cuanto atravesé el umbral
En ese instante, Norma se dio la vuelta hacia mí como impulsada por un resorte. Sus ojos ya no expresaban sensualidad alguna sino que parecían dilatados por la rabia y una súbita certeza de sentirse engañada. La pobre empezaba a comprender. Algo que confirmó de un modo más que urgente cuando Liliana apareció en escena, luciendo un vestido premamá de color blanco que evidenciaba lo avanzado de su embarazo. Las presenté y la expresión facial de mi ex comenzó a derrumbarse: su mirada perdió enojo, la nariz rigidez, y sus labios adquirieron una curvatura parecida a una sonrisa. De la furia pasó al entendimiento inmediato, aceptando con resignación la lección que la vida le daba. Por su parte, Liliana, a quien le había hablado en alguna ocasión de Norma, no mostró sorpresa alguna y se comportó con la misma naturalidad que hubiera demostrado ante una prima mía recién llegada del interior. En ella no había lugar para las inseguridades o los celos automáticos sin justificación. Confiaba en mí, me amaba y tenía la certeza compartida de que estábamos hechos el uno para el otro.
- quedáte a comer con nosotros – la invitó tomándola de las manos, en un gesto que me hizo recordar a mi abuela
Comimos un besugo con papas, descorchamos una botella de buen vino, hablamos cordialmente, de mis libros y, sobre todo, del parto (volví a jurar no asistir), el amamantamiento de los bebés y otras cuestiones de índole pediátrica, prolongando la sobremesa con una cafetera y unos bombones que me había traído Fortunato de Bélgica.
Cuando llegó la hora de la despedida, Norma se abrazó a Liliana y le deseó mucha suerte ante su próxima maternidad. A mí, con un par de lágrimas escapándosele de los ojos, me dió un cálido beso en la mejilla y dijo:
- Gracias, Kalman. Me alegro que seas feliz….
- Yo, también
Cerré la puerta y volví con Liliana.
* Liliana es tan parecida a Lisa Edelstein (foto) que, cuando salimos, observo cómo la gente la mira y cuchichea a su paso.