Caminé hacia la ducha semidormido y resacoso, abandonando la insana penumbra de mi cuarto. La oscuridad y los densos vapores de alcohol y tabaco retrocedieron al abrir la ventana y levantar la persiana, dejando paso a una poderosa bocanada de aire fresco y un agradable olor a tierra mojada. Afuera llovía con insistencia y el cielo mantenía un tono plomizo, conformando un conjunto que, lejos de entregarme a la melancolía, me provocaba una moderada alegría y una creciente efervescencia existencial. Me gustaba la lluvia, desde niño, y a estas alturas de la vida pocas cosas son las que cambian. Tras bañarme, tomé un café bien cargado y tres aspirinas notando al instante cómo mi cabeza se despejaba y los músculos aceleraban su respuesta a mis órdenes.
Un cuarto de hora más tarde ocupaba una mesa, arrimada a un ventanal, en un Café cercano a mi domicilio. El local, contrarrestaba su aspecto decimonónico, de aires añejos y pretensiones palaciegas, con afiches de representaciones teatrales y retratos de estrellas del celuloide. A mí me gustaba el sitio, porque, además de tranquilo, me permitía deleitarme en especulativas elucubraciones sobre los eclécticos personajes que por él transitaban.
Siguiendo una costumbre que me hacía evocar a personajes borgianos, pedí café con leche y croissant (a falta de medialunas…..) y me senté con mi ordenador portátil, mi pluma preferida, una libreta y ganas de escribir.
Llevaba un buen rato repasando los pasajes de mi nueva novela, escritos la noche anterior, cuando un par de tipos ocuparon la mesa contigua. Su acento porteño los delató al momento, despertando en mí un interés inmediato. Por desgracia, su conversación derivó hacia cuestiones pragmáticas sobre el pago del alquiler, domiciliación de gastos y otros similares, hiriendo mortalmente mis expectativas de escuchar interesantes opiniones sobre fútbol, mujeres o literatura (temas que los argentinos manejan con soltura y entendimiento). Sumada la decepción a mi nula inspiración creativa, me decanté por fumar y mirar por la ventana. Me entretuve un buen rato mirando a la gente correr, con la absurda creencia de que al hacerlo se van a mojar menos, los coches detenidos ante el semáforo cercano y un collage anodino de paraguas de distintos tamaños. Ensimismado en la observación estéril de panoramas repetidos en días análogos, un ruido de sillas me hizo volver la cabeza hacia el interior del local. A pocos metros de distancia, una belleza morena se abría paso hasta la única mesa que quedaba libre. Se sentó, hizo su pedido a la servicial camarera y comenzó a leer el libro que llevaba. La observé con interés, seducido por el atractivo de su tez bronceada, sus finos rasgos y un cuerpo lleno de ondulaciones que predecían placeres concretos. Debía tener treinta y pocos, aunque aparentaba cinco o seis menos. La cacé varias veces mirándome. Mi sonrisa de macho complacido enseguida se vió empañada por la culpa y el recuerdo de unas palabras que la mujer que quiero me había dicho tras comentarle, en cierta ocasión, que iba a quedar con una conocida para tomar unas cervezas: “cuidado, gallego”. Dos palabras y una seria e inútil advertencia. Como no podía ser de otra manera, la culpa venció fácilmente, y abandoné el Café, sintiendo en mi espalda el peso de la mirada de ésa morena que sospechaba no había ido a leer. La lluvia había arreciado y parado ante la puerta recordé otras palabras que también me había dicho: “desde que te fuiste, no paró de llover”. No llevaba paraguas pero me daba lo mismo mojarme. Su ausencia me calaba más hondo……….y ya iba para dos meses.
domingo, 9 de marzo de 2008
jueves, 6 de marzo de 2008
IF
Era uno de esos días calurosos, en los que el sol pegaba como si le debieran dinero, la camisa se adhería a la espalda y los calzoncillos se arrugaban con terquedad en torno a la parte alta de los muslos. Por las calles apenas transitaban vehículos o personas y el asfalto exhalaba un ligero humo con tufo de alquitrán. Así estaba la tarde cuando Israel Fuks decidió abandonar su domicilio, indiferente a los rigores de una canícula potenciada por la humedad, con su peculiar andar de mano derecha en el bolsillo y las piernas marcando las dos menos diez. Cuando pasó frente al ventanal del Café en que yo consumía la tarde escribiendo y tomando cervezas, levanté el brazo y le hice señas para que entrara. No puedo decir que fuéramos amigos del alma pero nos conocíamos desde chicos y habíamos coincidido tanto en el colegio judío como en la sinagoga los sábados. Eramos dos buenos muchachos de la Cole (algo más que muchachos, porque hacía más de una década que habíamos pasamos de los ventiocho, edad según algunos, en la que se abandona tal condición para convertirse en señor) a los que la vida y la fortuna habían tocado de desigual manera. Él, había heredado una fábrica textil de sus padres y había sido agraciado con una importante suma en la lotería. Para compensar, y como buscando un imposible equilibrio, su mujer había fallecido en accidente automovilístico hacía unos años, cuando estaba embarazada de siete meses. Desde entonces, y ya iba para medio lustro, Israel parecía regodearse en la autocompasión y una resignada soledad no exenta de resentimiento.
- ¿qué hacés con este calor por la calle? – le pregunté cuando lo tuve delante
- Nada, salí a pasear…..
- sentáte y tomá algo
Obedeció y pidió lo mismo que yo, o sea, cerveza.
- Hace mucho que no te veía. Bueno, en realidad, hace mucho que no veo a nadie……..¿seguís escribiendo? – me preguntó
- Sí, qué remedio……estoy ultimando un artículo para el periódico, dándole duro a mi próxima novela y colaborando con un guión de cine…..también me salió una cosita para televisión….
- Eepa, vas a morir de éxito, flaco
- De éxito no, de agotamiento
- ¿y a vos? ¿cómo te va con la fábrica?
- Pse, los asiáticos nos están jodiendo……a la gente sólo parece importarle el precio y no la calidad….todo lo que ellos fabrican es schmate pero les da lo mismo…..fijáte cómo va la gente vestida y decíme si no da pena….ahora hasta los que tienen plata van como crotos…..es un desastre
- Y, sí………respondí por empatía y comprobando que, casualmente, ése día me había vestido decentemente
- De todas formas…..poco me importa…….
Siguió un silencio breve y difícil hasta que de repente me preguntó:
- ¿seguís casado con Sandra?…………se llamaba Sandra ¿no?
- Sí
- ¿Les va bien?
- Sí – respondí casi avergonzado
- Tenían un hijo ¿no?
- Ahora tengo dos, un nene de seis y una nena de uno y medio
- Te felicito
- Gracias - le dije, sintiendo una punzada de culpa
Entonces temí que me dijera algo del tipo: “el mío ahora tendría casi cinco”, así que decidí cambiar de tema, por temor a sus palabras o al silencio. En eso andaba pensando cuando sonó su celular. Se levantó de la mesa y caminó hacia el fondo del local para hablar. Cuando regresó, apenas un minuto después, se despidió de mí con un enérgico apretón de manos.
- Me tengo que marchar…….me alegro de haberte visto – me dijo
- yo también
A través del ventanal lo vi parar un taxi a la puerta del local y saludarme con la mano y una sonrisa franca antes de montarse al vehículo. No sé quién le llamó ni hacia dónde se dirigía pero nunca llegó a destino; su taxi fue embestido lateralmente por un camión en un cruce e Israel murió en el acto.
Cuando pienso en ese día, no puedo abstraerme de un halo místico presente en todos mis pensamientos, preguntándome cómo pude yo influir en la pauta seguida por los acontecimientos hasta el fatal desenlace, y el significado de habernos encontrado precisamente aquella tarde, tras años sin vernos. No tengo respuestas. Sólo preguntas, y la imagen de su sonrisa y su mano, despidiéndose de este mundo.
- ¿qué hacés con este calor por la calle? – le pregunté cuando lo tuve delante
- Nada, salí a pasear…..
- sentáte y tomá algo
Obedeció y pidió lo mismo que yo, o sea, cerveza.
- Hace mucho que no te veía. Bueno, en realidad, hace mucho que no veo a nadie……..¿seguís escribiendo? – me preguntó
- Sí, qué remedio……estoy ultimando un artículo para el periódico, dándole duro a mi próxima novela y colaborando con un guión de cine…..también me salió una cosita para televisión….
- Eepa, vas a morir de éxito, flaco
- De éxito no, de agotamiento
- ¿y a vos? ¿cómo te va con la fábrica?
- Pse, los asiáticos nos están jodiendo……a la gente sólo parece importarle el precio y no la calidad….todo lo que ellos fabrican es schmate pero les da lo mismo…..fijáte cómo va la gente vestida y decíme si no da pena….ahora hasta los que tienen plata van como crotos…..es un desastre
- Y, sí………respondí por empatía y comprobando que, casualmente, ése día me había vestido decentemente
- De todas formas…..poco me importa…….
Siguió un silencio breve y difícil hasta que de repente me preguntó:
- ¿seguís casado con Sandra?…………se llamaba Sandra ¿no?
- Sí
- ¿Les va bien?
- Sí – respondí casi avergonzado
- Tenían un hijo ¿no?
- Ahora tengo dos, un nene de seis y una nena de uno y medio
- Te felicito
- Gracias - le dije, sintiendo una punzada de culpa
Entonces temí que me dijera algo del tipo: “el mío ahora tendría casi cinco”, así que decidí cambiar de tema, por temor a sus palabras o al silencio. En eso andaba pensando cuando sonó su celular. Se levantó de la mesa y caminó hacia el fondo del local para hablar. Cuando regresó, apenas un minuto después, se despidió de mí con un enérgico apretón de manos.
- Me tengo que marchar…….me alegro de haberte visto – me dijo
- yo también
A través del ventanal lo vi parar un taxi a la puerta del local y saludarme con la mano y una sonrisa franca antes de montarse al vehículo. No sé quién le llamó ni hacia dónde se dirigía pero nunca llegó a destino; su taxi fue embestido lateralmente por un camión en un cruce e Israel murió en el acto.
Cuando pienso en ese día, no puedo abstraerme de un halo místico presente en todos mis pensamientos, preguntándome cómo pude yo influir en la pauta seguida por los acontecimientos hasta el fatal desenlace, y el significado de habernos encontrado precisamente aquella tarde, tras años sin vernos. No tengo respuestas. Sólo preguntas, y la imagen de su sonrisa y su mano, despidiéndose de este mundo.
domingo, 2 de marzo de 2008
Dos Reinas

Regreso de mi natal Buenos Aires, con los paisajes de mi infancia arraigados en melancolías y el futuro envuelto en una nube de incertidumbre, fruto de mi trabada lucha con el destino. Llegué a las orillas del Plata motivado por el amor a una mujer y una ciudad , la curiosidad y la conciencia vacilante de cambiar de vida, y retorné con mis deseos diferidos en su realización. Ahora, mateo en silencio reflexiones metafísicas e intercalo la obsesiva idea de radicarme al otro lado del océano, en esa ciudad dónde lo impensable puede ocurrir a cada momento, donde Borges paseó sus cuentos antes de sentarse a escribirlos, donde una extraña fauna se exhibe infatigablemente por la calle Corrientes y donde, en sus arrabales, reside Ella, la que intuí amar antes de confirmarlo.
No sé cómo ni de qué manera, ni mi impaciencia va a cesar de apremiarme pero, me quiero enfrentar a lo imposible; la demostración empírica que al menos por una vez, a modo de excepción, el amor derrota a la vida. Nada hay peor que la frustración motivada por la pasividad, por no haber hecho nada por cambiar los acontecimientos de nuestra existencia y habernos rendido a la inercia de un vivir sin sentido, flotando en la alienación de los que no siente ni padecen. Quizás por todo esto fermentando en mi interior, acude a mi mente un párrafo del gran Elie Wiesel: “A mí tan sólo me gusta el hombre si quebranta su condición, si se opone a las barreras inmutables del pasado, del presente y del futuro, si posee la fuerza y el valor de imponer su voluntad al universo, a la muerte. A mí me gusta que el hombre sea fuerte; ellos lo prefieren débil, servil. Por eso me odian: fui un trastorno demasiado grande. Hice temblar las murallas en cuyo interior ellos defendían su cobardía”.
Mis callados mates se empapan de una creciente cólera interior que niega cobijo a las dudas, a la par que me preparan para la clarividencia y la audacia. Pienso en demasiadas cosas a la vez y me siento capaz de lograr un triunfo memorable contra el rigor de la realidad, sin considerarme por ello un romántico o un idealista sino más bien un individuo temerario que desprecia lo consciente.
Ante el planteamiento pragmático de ofertar mi pretérita experiencia como contable (hice todo lo posible por olvidar mis estudios de Empresariales) opongo tentar al azar. En algún lugar de aquella lejana orilla acaso alguien precise de mis servicios, de una mente lúcida y analítica, la lealtad de mis principios, un espíritu intuitivo y una cultura bien armada. Así que, mientras el azar se lo piensa, pongo la foto de Ella como fondo de pantalla y sigo mateando, en un silencio sólo roto por mi golpeo sobre las puertas que llamo.
PD: esto no es ficción.
miércoles, 13 de febrero de 2008
Ésas son las más fáciles
Enrique Kupferminc tenía 40 años y permanecía soltero, no por falta de éxito entre el género femenino sino justamente por lo contrario. Su capacidad de seducción atinaba siempre en el blanco de un mismo patrón de mujeres: las locas, realidad esta que, de tanto repetirse, provocaba las burlas de sus hermanos y la resignación de sus padres. “En algún lugar debe haber alguna mujer normal esperándome” se repetía cada tanto para convencerse, mientras el desfile de las susodichas continuaba su marcha con apenas pausa. Divorciadas enganchadas a sus ex maridos, maduras que fantaseaban con recuperar a su primer novio, etéreas que creían en el amor como energía vital e inextinguible del universo, adolescentes atormentadas, separadas culposas o mujeres obsesionadas por la astrología y el esoterismo constituían el ejército de féminas que sucumbieron a sus encantos.
Primogénito de un matrimonio formado por un ex legionario reconvertido en respetado anticuario y la hija de un rabino de Buenos Aires, había consumido la mitad de su vida (vaya uno a saber) sin haberse topado con un amor verdadero, lo cual le inmunizaba contra la mítica idea de encontrar a “la mujer de su vida”. Él, nada pretencioso, se conformaba con mucho menos. Exactamente, con que no fuera una “loca”.
Primogénito de un matrimonio formado por un ex legionario reconvertido en respetado anticuario y la hija de un rabino de Buenos Aires, había consumido la mitad de su vida (vaya uno a saber) sin haberse topado con un amor verdadero, lo cual le inmunizaba contra la mítica idea de encontrar a “la mujer de su vida”. Él, nada pretencioso, se conformaba con mucho menos. Exactamente, con que no fuera una “loca”.
miércoles, 23 de enero de 2008
Mentes Lúcidas
Había tenido una estresante y fatigosa jornada laboral, así que cuando llegué a casa, me serví un oporto y seguidamente me derrumbé sobre el sofá del salón. El dulzor del licor me reconfortó y relajó, guiando mi mente hasta un estado de calma reflexiva acorde con mi, cada vez menos ejercitada, clarividencia de pensamiento. Pero el que tuvo, retuvo y si bien mi burocrático y tedioso trabajo hirió mortalmente mi natural condición de buscador de sueños todavía quedaba, dentro mío, un poso de lucidez que me hacía divergente con la mayoría de mis obtusos congéneres. De especular con los grandes interrogantes que nos persiguen desde tiempos inmemoriales, caí en el vago análisis de perlas sapienciales escuchadas en las últimas fechas: Un político, refiriéndose a un financiero que ahora pasaba a ser colega suyo, lo definió como “un tiburón que salía de la madriguera”, una actriz declaraba en Turquía cuánto amaba su capital; “Budapest”, un conocido periodista deportivo confundía “Caballería rusticana” con “Caballería Copernicana” y se maravillaba que, de la Costa Oeste de África, como “Jamaica” salieran portentosos velocistas y no ocurriera lo propio en la Este, una afamada contertulia de un programa de cotilleos, a santo no sé de qué, citó al “Jorobado de Rotterdam”, otra luminaria televisiva habló de la banda de los “Latin lovers” en vez de los “Latin Kings” ……………….
En fin, sonreí, me puse de pie y con otro oporto en la mano me miré ante el espejo a ver cómo sería mirar con un ojo cerrado porque, si en el País de los Ciegos, el tuerto es el rey, yo no merecía menos que ser primer ministro. Volví a sonreír y vacíe de un trago la copa.
PD: tampoco es autobiográfico y el compartido gusto por el oporto del protagonista y yo, es una mera casualidad.
En fin, sonreí, me puse de pie y con otro oporto en la mano me miré ante el espejo a ver cómo sería mirar con un ojo cerrado porque, si en el País de los Ciegos, el tuerto es el rey, yo no merecía menos que ser primer ministro. Volví a sonreír y vacíe de un trago la copa.
PD: tampoco es autobiográfico y el compartido gusto por el oporto del protagonista y yo, es una mera casualidad.
jueves, 17 de enero de 2008
Hijo Pródigo
Apenas le quedaban unos días de vida y no quería pasarlos internado en un inmisericorde hospital. Prefirió retirarse a su casa de campo, alejado de todo y todos, con el teléfono desconectado, donde el cartero no llegaba y los días pasaban con la única finalidad de sentirse a sí mismo y analizar su existencia, desde que sus recuerdos se lo permitían, hasta estos instantes. No se casó, no tuvo hijos y sus escasas amistades desaparecieron hacía ya tiempo. Curiosamente, o no, su mente se empecinaba en recordar con especial entusiasmo a los perros que tuvo y que tanto cariño le otorgaron e hicieron más soportable su cotidianidad vacía y cargada de frustraciones.
Había nacido en el seno de una adinerada familia de la burguesía capitalina, cuando ya nadie le esperaba y sus progenitores barajaban seriamente la alternativa de la adopción. Se le mimó desde el mismo instante de su nacimiento y las altas expectativas en él depositadas fueron incumpliéndose, disculpadas por la bendición de su mera existencia.
Creció con pocos amigos, en un ambiente en exceso protegido y, apenas licenciado de la facultad, donde cursó estudios a su pesar y para contentar a sus padres, pasó a dirigir la fábrica familiar hasta que se jubiló. Desde entonces, dedicó su tiempo a su pasión filatélica y a aumentar sensiblemente su ya nada modesta biblioteca.
Ahora, sentando en el porche de la casa, contempla la inmensidad de la finca y pierde su vista en los últimos olivos del horizonte y espera la muerte, con sosiego, con calma y con el convencimiento de que sus días se cumplieron.
Había nacido en el seno de una adinerada familia de la burguesía capitalina, cuando ya nadie le esperaba y sus progenitores barajaban seriamente la alternativa de la adopción. Se le mimó desde el mismo instante de su nacimiento y las altas expectativas en él depositadas fueron incumpliéndose, disculpadas por la bendición de su mera existencia.
Creció con pocos amigos, en un ambiente en exceso protegido y, apenas licenciado de la facultad, donde cursó estudios a su pesar y para contentar a sus padres, pasó a dirigir la fábrica familiar hasta que se jubiló. Desde entonces, dedicó su tiempo a su pasión filatélica y a aumentar sensiblemente su ya nada modesta biblioteca.
Ahora, sentando en el porche de la casa, contempla la inmensidad de la finca y pierde su vista en los últimos olivos del horizonte y espera la muerte, con sosiego, con calma y con el convencimiento de que sus días se cumplieron.
viernes, 4 de enero de 2008
Día libre
Había solicitado el día libre en la oficina para ocuparme de la tediosa tarea de renovar el carnet de identidad. Madrugué, me duché, afeité y desayuné con calma un zumo de naranja y un café bien cargado mientras la radio susurraba noticias que me entraban por un oído y salían por el otro. Veinte minutos más tarde, según me acercaba a la comisaria, una multitud alineada desordenadamente confirmaba mis peores presagios: todos los boludos del barrio se habían citado ese día para hacer lo mismo que yo, así que sin pensarlo dos veces, desistí de mis intenciones y me di la vuelta. Compré el periódico en un kiosco cercano y me dirigí hacia un bar cercano al que acudo cada tanto. Por el camino me cruce con dos o tres individuos que parecían entrenarse para algún concurso de escupitajos, no de ésos de a ver quién escupe más lejos, sino quién resulta más asqueroso. Deseé con todas mis fuerzas que se ahogaran con su saliva y sus espesas mucosidades pero, nuevamente, D-i-os no atendió mis ruegos y sonreí cuando se me ocurrió que a ver quién era el guapo que, en caso de ahogo, les iba a hacer el boca a boca. Por fin llegué al local, con la mente aún resentida por evocaciones sonoras tan poco gratas, y me senté en un taburete al fondo de la barra. Abrí el periódico y disfruté de la lectura y un café con leche hasta que un grupito de cuatro personas, compañeros de oficina según deduje, tomó posiciones al lado mío. A partir de ahí, decidí dedicarme a resolver el crucigrama y dejar la detallada degustación de los artículos de opinión para más tarde. El ruído iba en aumento, como si los muy desgraciados no se escucharan, juntos como estaban, y el nivel de sus comentarios era tan ínfimo, que no pude dejar de pensar en el sabio Mark Twain cuando dijo aquello de: “Más vale estar callado y parecer tonto, que abrir la boca y disipar las dudas”.
Pedí un segundo café, y el grupito fue sustituído por un par de mecánicos de pelo en pecho, uñas negras y esclava de oro en la muñeca. Uno de ellos, se empeñaba en mojar las porras en el café con leche, girando prodigiosamente el cuello para engullir, sorbiendo sin pudor y dejando la barra llena de goterones. El otro, se tomó una copita de coñac de un trago e hizo algo que rara vez volveré a contemplar en mi vida: había pedido un picho de tortilla y cortando grandes trozos con el cuhillo, los pinchaba a continuación con el tenedor y finalmente sumergía en el café con leche ¡¡¡.
Decididamente me había equivocado de bar, o de día, así que pagué y salí a la calle. Por el camino de vuelta a casa, más tipos escupiendo, conductores sonando las bocinas como condenados y tirando colillas de cigarrillos por las ventanillas, marujas arrastrando carritos de la compra ataviadas con chándal y zapatos de tacón, dueños de perros que paseaban a sus mascotas y no recogían sus deposiciones y un largo etc. de conciudadanos notoriamente en mis antípodas cívicas, me estimularon a acelerar el paso deseoso de llegar a mi domicilio donde encontraría, sino la paz absoluta, al menos cierto alivio y, con suerte, el sueño. Sólo una cosa más me hacía falta: que ni el cartero comercial ni los Testigos de Jehová llamaran a mi timbre.
Pedí un segundo café, y el grupito fue sustituído por un par de mecánicos de pelo en pecho, uñas negras y esclava de oro en la muñeca. Uno de ellos, se empeñaba en mojar las porras en el café con leche, girando prodigiosamente el cuello para engullir, sorbiendo sin pudor y dejando la barra llena de goterones. El otro, se tomó una copita de coñac de un trago e hizo algo que rara vez volveré a contemplar en mi vida: había pedido un picho de tortilla y cortando grandes trozos con el cuhillo, los pinchaba a continuación con el tenedor y finalmente sumergía en el café con leche ¡¡¡.
Decididamente me había equivocado de bar, o de día, así que pagué y salí a la calle. Por el camino de vuelta a casa, más tipos escupiendo, conductores sonando las bocinas como condenados y tirando colillas de cigarrillos por las ventanillas, marujas arrastrando carritos de la compra ataviadas con chándal y zapatos de tacón, dueños de perros que paseaban a sus mascotas y no recogían sus deposiciones y un largo etc. de conciudadanos notoriamente en mis antípodas cívicas, me estimularon a acelerar el paso deseoso de llegar a mi domicilio donde encontraría, sino la paz absoluta, al menos cierto alivio y, con suerte, el sueño. Sólo una cosa más me hacía falta: que ni el cartero comercial ni los Testigos de Jehová llamaran a mi timbre.
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