jueves, 10 de mayo de 2007

Un caso de azar

Daniel Orvieto pensaba que su vida estaba hecha de mil pedazos sueltos, sin relación entre sí, hasta que un buen día, sin esperarlo ni intuírlo, esos pedazos se unieron, formando un todo que otorgó sentido a su existencia y una dirección a seguir. Por un cúmulo de demenciales casualidades (en realidad no lo eran en absoluto), dejó atrás su anónimo pasado de pintor, llegando a convertirse en un referente artístico de la sociedad en que vivía. Sus obras conseguían, con mágica facilidad, el favor del gran público y de la crítica, y su mera presencia generaba inusitada expectación y poder de convocatoria. Había triunfado, y todo se lo debía al azar; ese monstruo que pone a cada uno en su sitio.

martes, 8 de mayo de 2007

Supervivencia.

El caudal de cinismo con que se expresaba, no conseguía neutralizar totalmente ese poso de angustia y negatividad que, desde siempre, habitaba en su interior. No era el mismo cuando estaba en compañía, de amigos o de quién fuera, que cuando estaba sólo. Era, en estos momentos, de íntima soledad, cuando barajaba la idea del suicidio con la familiaridad de lo recurrente y la inseguridad de una pastilla de jabón en las manos. Quería suicidarse aún cuando, de más a más, sabía que esa pulsión latente que arrastraba, nunca iba a materializarse. Le gustase o no, era un superviviente.

Otro desayuno

Cumpliendo con el cotidiano rito de bajar a desayunar a una cafetería cercana a mi domicilio, saboreo un café con leche bien cargado y me entretengo mirando al resto de clientes. Un grupo de mamás treintañeras, que acaban de dejar a sus retoños en el colegio, me recuerdan a otro de cotorras chillando en el parque. Un viejo,que ocupa una esquina, moja las porras y lee un periódico deportivo que salpica con gotas oscuras de café con leche y grasa (el cerebro humano no puede hacer dos cosas a la vez, y menos el suyo). Una vieja de pelucón blanco tiene prisa por pagar y golpea la barra repetidamente con el canto de una moneda de dos euros. Un moreno achaparrado, con camiseta de tirantes y recargado de oro se toma un Cola Cao mientras intima con la camarera de llamativas ropas ajustadas. Un trajeado cincuentón con melenita jerezana empapada en gomina atufa a todo el local con un puro mientras se toma un whisky con hielo a las 9,30 de la mañana (el desayuno de los campeones)y comprueba, a través del cristal de la ventana, que su Mercedes aparcado en doble fila no va a ser multado. Una pureta me mira porque se cree que yo la miro, y yo la miro porque me creo que ella me mira. No está muy buena, pero tampoco está mal. Tiene cara de viciosa. Aparto la vista de su campo de visión y me quedo observando, con fingido ensimismamiento, el líquido que contiene mi taza. Pienso que una vez más, como todos los días, y como es previsible, me encuentro con gente parecida, sin encanto particular, sin atributos significativos y sin que, en consecuencia, logren despertar mi curiosidad más allá de unos instantes. Pago y me voy. Mañana será otro día

lunes, 7 de mayo de 2007

El otro yo

Sus fantasmas acechaban en la noche escondidos en los armarios, detrás de las puertas o debajo de las camas y las mesas. Temía la llegada de esos momentos en que, tras apagar el televisor, se dirigía, cabizbajo y con la sentencia confirmada, hacia su cuarto. Apenas cerraba la puerta y se desvestía, un malestar creciente se apoderaba de él, envolviéndolo todo en las sombras de la culpa y los actos pasados e irremediables. Si durante el día su mente se aferraba al trabajo y el olvido, con la llegada de la medianoche, su subconsciente imponía su ley, mostrando su atormentamiento en forma de atroces pesadillas y definibles terrores que en vigilia eludía a conciencia. Siempre era lo mismo, incluso en vacaciones y lejos del hogar. No había más solución que una larga terapia o, acaso, tirarse a la vía del tren.

sábado, 5 de mayo de 2007

Pretérito

Ernesto Morpurgo se ahogaba en introspección y recriminaciones. Con los engranajes de su maquinaria mental girando sin cesar, fruto de una vigorosa inteligencia, volvía una y otra vez a ese pasado inamovible que le había hecho perder los sueños y las certezas. Ya nada le quedaba, más que pensamiento estéril y negligencia para afrontar la vida.

viernes, 4 de mayo de 2007

Por favor, no me lo digas

Una mirada enfadada, de soslayo, mientras preparaba la cena, presagiaba lo que ocurriría más tarde en la mesa. La materialización de sus temores más íntimos; de ese miedo a que, mirándolo, ella le dijera: “he dejado de quererte”.

jueves, 3 de mayo de 2007

Lo mío es distinto

La camisa negra y el fino bigote indicaban a las claras su carácter retrógado y oscurantista. Bajo su apariencia de santurrón (misa diaria y confesión mensual) despotricaba a diario contra los inmigrantes, los homosexuales (más bien, putos), el divorcio y todos esas asuntos que tanto fastidian a los individuos que, como él, llevan la intolerancia por bandera. Era de esos que se quedaban mirando cuando veía a una mujer al volante o a un negro acompañado de una blanca y que consideraba subversivos a periodistas y gente del mundo del espectáculo o las artes. Se llamaba Leandro Pineda Hinojosa y murió hará unos cinco años. Poco queda de él, salvo unas fotografías y una hija; de piel oscura y pelo rizado.......como su padre.