lunes, 9 de abril de 2007

¿ Hasta cuándo ?

Ocasionalmente le tendía absurdas emboscadas al azar, con la esperanza de que la suerte se fijara en él y decidiera su vida, como tantas veces ocurría , pero siempre a otros, desde el orígen de los tiempos. Le atormentaban el tedio y el mal adquirido hábito de pensar, criando, debajo de sus maneras asociales, un pus, infeccioso, de fracaso existencial, obsesiones enfermizas, reprimidos deseos, imágenes sombrías e impiedad. Aún así, y siguiendo la tradición de los vencidos, de obra o de nacimiento (no tenía una clara opinión al respecto), creía que las cosas aún podían empeorar. Tanto que a lo mejor, la muerte le otorgaba otro aplazamiento.


Dedicado a Churra; una habitual por aquí

domingo, 8 de abril de 2007

Libros

Entretenido en la búsqueda del conocimiento absoluto y los entresijos de la vida, y temeroso de deslizarme peligrosamente hacia el campo gravitacional de la locura, me sumerjo en la lectura de nuevos libros que parecen elegirme, llegando a mi por demenciales vericuetos. Por algo me encuentran. Por algo los acojo, con una previa sonrisa y una emoción que me provoca un interno temblor, comedido, pero no por ello menos inquietante.


Dedicado a alguien que se despide y que conoce a Guillermo Martínez.

sábado, 7 de abril de 2007

Notas

Sentado a la mesa de un rincón del cochambroso café frecuentado por ociosos jubilados amantes del dominó, la copita y el cigarrillo prohibidos en casa, se entretenía observándolos y tomando notas para esa novela que, sabía, no escribiría nunca. Lo que anotaba , poco, o nada, tenía que ver con esos viejos que parecían no saber hablar más que de política, fútbol y sus problemas de próstata pero, a pesar de ello, el ejercicio de mirarlos, por alguna razón superflua o, por el contrario, muy profunda, actuaba como “efecto llamada” para ideas abruptas que, casi compulsivamente, parecían empeñarse en colonizar su pequeña libreta. Al cabo de algo más de una hora y con el botín de un montón de hojas escritas, abandonó el local, notando, por el rabillo del ojo, las miradas de los ancianos, mientras sonreía ante una súbita verdad, acaso incierta; si quería ser escritor, debía tratar a las palabras con menor reverencia.


Dedicado a La Muchacha Dorada y a Peggy; dos bellezas de distinto pelaje.

jueves, 5 de abril de 2007

Quema.

Sus gloriosos tiempos como exitoso actor habían quedado ya olvidados por casi todos. Ahora, apoyado en la barra de cualquier bar, añoraba el pasado e intentaba ver su futuro, ése que sabía inexistente, en el fondo del eterno vaso de whisky. Ya no le restaba más que torear los recuerdos y ahogar, en amarillento alcohol, el diablo que llevaba dentro.

miércoles, 4 de abril de 2007

No abras los ojos

Sentado a una mesa del Café Comercial, aledaña a un gran ventanal, contemplo, con interés de entomólogo, a los especímenes humanos que transitan por la calle. Todos parecen apurados, con prisas de gallinas ponedoras y ojos tristes de resignación bovina (o de sueño). Verlos, no me aporta gran cosa, así que los dejo y realizo un concienzudo repaso visual por las mesas del local. De una de éstas, ubicada a unos siete metros en diagonal, una treintañera teñida de rubio apagado me mira con insistencia no disimulada. Concentro, sin vergüenza, mis ojos en los suyos y apenas aguanta el duelo unos segundos, fingiendo un súbito interés por sus uñas pintadas de rojo. Enseguida, enciende un cigarrillo que fuma con marcada afectación y pose de maniquí, en un patético intento de transmitir una seguridad y un carisma (¿acaso también un sintomático misterio?) de los que, sin duda, carece. Nunca me he sentido atraído por las mujeres sin cerebro, aún cuando la falta de este se asiente sobre largas piernas y pechos globosos, de ésos que me recuerdan mi condición de mamífero. Así, cierro los ojos, con la vana esperanza de, al abrirlos, encontrarme con la atractiva e inteligente presentadora del programa de televisión “La Mandrágora”. No hubo suerte, como no podía ser de otra manera, y mis pupilas vuelven a enfocar a la misma mujer, vulgar, cargada de teatralidad, moderados encantos físicos y creciente arrogancia.
Apuro el café de un trago, dejo unas monedas sobre la mesa y abandono el local, sin sentir la más mínima tentación de volverme.


Dedicado a Mavi ; que no tiene nada de rubio teñido ni de impostura.

martes, 3 de abril de 2007

En casa de Héctor.

Como se convirtió en costumbre en este Mundial, cada vez que jugaba la selección argentina, unos cuantos amigos porteños íbamos a casa de Héctor (catamarqueño) y su encantadora mujer a ver los partidos de la albiceleste. En esa ocasión, un sábado, el rival era la correosa y llena de expectativas, selección mejicana, dirigida, curiosamente, por un entrenador argentino de apellido Lavolpe. Devorando varias pizzas, y apurando largos tragos de cerveza bien fría, no perdíamos detalle del desarrollo del encuentro, haciendo caso omiso a los desafortunados, vacíos de contenido e insufribles comentarios de la caterva de periodistas y colaboradores de la cadena televisiva responsable de la emisión. Del inicial comentario ¿de dónde sácan a estos tipos? pasamos, rápido, al “¿por qué no se callan?. Con el volumen al mínimo y ante la imposibilidad de escuchar vía internet a verdaderos maestros de las retransmisiones deportivas como Víctor Hugo Morales o Marcelo Araújo, nos hicimos íntimos de un concentrado silencio apenas roto por nuestros sutiles apuntes ante alguna jugada peligrosa o algún error arbitral. El gol mejicano, aprovechando una ligereza defensiva, nos hizo caer en la cuenta que el rival era de consideración y no tan endeble como queríamos creer en un principio. Por fortuna, nuestros chicos empataron en breve, devolviéndonos la fe en el triunfo, algo tambaleante tras el gol del rival. El resto del partido lo pasamos en tensión, esperando el ansiado gol que no llegaba y alarmándonos ante las evoluciones del cuadro azteca. Si la vida es injusta, el fútbol no lo es menos, dictando sus caprichosas leyes indiferente a merecimientos. Así, por voluntad del azar, un portentosa volea de Maxi Rodríguez , ya en la prórroga y superada la decepción previa por un gol injustamente anulado a Messí, se coló violentamente en la portería mejicana, haciendo estéril la voluntariosa estirada del guardameta. Nada más tocar el balón la red, todos saltamos, gritamos y nos abrazamos, liberados de la angustia acumulada desde el inicio del partido. Héctor, más nervioso que ninguno, salió a festejarlo al balcón, tirando papelitos que habíamos recortado en la jornada previa, e informando a los transeúntes voz en grito: goool, gooool, gol ¡¡¡¡. “¿Gol de quién? ¿de Méjico?”, le preguntó un viejo camarero saliendo presuroso del bar de enfrente. “No, …de Argentina”, respondió nuestro amigo. El viejo, decepcionado, hizo un despectivo gesto con la mano y se metió de nuevo en el local.“La concha de tu madre, pelotudo!!!!” fue la manera en que un indignado Héctor le expresó lo que opinaba de él y el deseo de que tuviera una buena noche. Tras este insuficiente desahogo, entró de nuevo en el salón y nos informó del incidente, no sin olvidarse de adornarlo con una serie de adjetivos para el camarero y su familia. Al final, ganamos pero, como siempre, sufriendo.
Mañana, nos toca Alemania y aunque confiamos en nuestro equipo, albergamos la sospecha de que el árbitro nos va a joder. Esperemos que ellos no ganen y, eufóricos, les de por volver a invadir Polonia.


Dedicado a Kala; porque el partido lo pudo ganar cualquiera.
Ah, esto SÍ ocurrió de verdad.

domingo, 1 de abril de 2007

Pedigrí

Sentado en un banco de una plaza cualquiera disfrutaba leyendo el periódico. Un tibio sol primaveral se concentraba con mimo sobre mi espalda y mi cabeza, adormeciéndome y amenazando con distraerme de la lectura.
- Mimí, no molestes a ese señor - escuché a una voz que profanaba mi disfrute. Alcé los ojos y vi cómo una cuarentona se dirigía a un insignificante pequeño bulto con patas, en el que lo que más destacaba era un lazo color fucsia a modo de corona sobre su cabecita, entretenido en olisquear mis zapatos.
- ¿Le ha molestado? - preguntó la señora
- No, no, no pasa nada
- Se ve que a usted le gustan los perros...
Sonreí, asintiendo, y pensando que para ella era un perro lo que para mí era una especie de rata de pelo largo. Intenté retomar la lectura, pero enseguida me interrumpió:
- Mimí tiene pedigrí ¿sabe usted?. Su madre fue subcampeona de España
- Ah - dije, y volví a posar mis ojos en el periódico, con el deseo de que interpretara el gesto como una evidencia de que no buscaba enfrascarme en una conversación
- Es una perrita ¿sabe? y le puse Mimí en recuerdo a mi madre...
- Ah - volví a decir, alzando nuevamente la vista y conteniendo las ganas de decirle que me importaba un carajo la perrita, su pedigrí y su madre. En vano intenté continuar leyendo.
- Tengo que tener mucho cuidado y vigilarla. Aquí vienen muchos perros mestizos y no quisiera tener que encontrarme con un embarazo indeseable ¿sabe?. Así que no le quito ojo, y muchas veces, incluso la traigo con correa.
- Qué interesante - solté sin ningún entusiasmo, ya con el periódico cerrado y doblado.
Mientras me aleccionaba sobre los pormenores de los concursos de belleza para perros, en los que próximamente debutaría Mimí, una casualidad en forma de llamada telefónica a mi móvil acudió en mi socorro. La señora, se apartó unos metros para no escuchar mi conversación, pero nada más terminada se acercó nuevamente, con una sonrisa dibujada en la cara y la memoria refrescada sobre anécdotas de su roedor.
Ni siquiera le dejé abrir la boca. Me levanté del banco y la ataqué sin piedad:
- Discúlpeme señora, pero me tengo que ir urgentemente. Trabajo en la perrera ¿sabe? Y acabamos de recibir una remesa de perros con pedigrí a los que tenemos que exterminar sin demora.
Me miró espantada y, alarmada, cogió presurosamente a Mimí en brazos antes de salir corriendo.